Primeros valencianos en el Tíbet

MIGUEL APARICI NAVARRO

Los años 1904 y 1950 habían sido fechas clave en la historia del Tíbet. Una en relación con el imperio británico de la vecina India y la otra por obra del comunismo maoísta chino y su famosa 'revolución cultural'. Entre medias, un alpinista austriaco (huido hacia adelante durante la II Guerra Mundial) conseguirá llegar hasta el Potala y hacerse amigo del Dalai durante sus 'Siete años en el Tíbet'. Pero no es lo mismo ascender al Everest o a sus aledaños, en cordada deportiva, desde el meridional mapa indio, bhutánico o nepalí que entrar en el Techo del Mundo por la parte de arriba y recorrer su vasta y despoblada celestial planicie.

A aquel labrador de la huerta valenciana que recorría periódicamente agencias de viajes de la calle de la Paz capitalina siempre le respondían con lo mismo: «El Tíbet no se puede visitar...» No hasta el año 1985, en que el gobierno chinesco decidió que, además de los recursos materiales de la que apelaba como Región 'Autónoma' del Tíbet, podía comenzar a explotar la región también turísticamente. Así que dos años después, en 1987 (thirty years ago...), en que el huertano que nos ocupa había cumplido los 77 de edad, le respondieron un día que: «Ya se puede ir al Tíbet...» Pero le avisaban de que estaba considerado un viaje 'aventurado', que organizaba la visita una empresa de Barcelona, que únicamente se podía acceder en un breve período 'caluroso' del año (por los hielos) y que había que reunir un grupo de un mínimo de diez personas, ya que era preciso llevar guía propio durante todo el tiempo, con duración de un mes.

Con estos antecedentes sucedió que al principio del verano de aquel 87, en que me encontraba ultimando las fichas y apuntes de mi soñado crucero cultural helénico por el Peloponeso y las islas del Egeo, mi progenitor vino a soltarme por encima del hombro: «Yo iría al Tíbet, pero si tú me acompañaras...»

Sólo fueron dieciséis vuelos en avión, ocho enlaces para la ida y otros tantos para el regreso. Sólo fuimos tres hombres, los restantes hasta el cupo de doce lo constituían nueve mujeres (¡!); cuatro de ellas, enfermeras solteras valencianas (¡!).

Y a la vuelta, me tocó trabajar de lo lindo; con las mil quinientas diapositivas que había conseguido pasar por todos los múltiples controles policiales y tecnológicos de los asiáticos y los comisarios ideológicos que nos habían ido adhiriendo.

Mi jefe de Estado Mayor en Capitanía me invitó a dar una conferencia a todos los oficiales y suboficiales. Varios centros culturales de Valencia me pidieron también una charla y proyección. De las que recuerdo, con especial cariño, la del salón de actos del Centro Gallego, ya que me presentó mi admirado profesor Julián San Valero Aparisi.

Es cierto que el gobierno chino nos entretuvo bastante tiempo a cierta distancia del techo tibetano. Como que nos ofreció corretear por la gran muralla, degustar el pato lacado, visitar el Templo del Cielo y perdernos por la Ciudad Prohibida; escenario de la inmediatamente estrenada película 'Puyi, el último emperador', que nos precipitamos a ver ya de regreso en nuestro Mediterráneo.

Pero, sobre todo, nos brindó la visión directa de los cientos de esculturas de guerreros de Xian, mucho antes de que alguna pieza apareciera por el exitoso Centro Cultural de Bancaja.

Ya en el Tíbet verdadero, la impresión fue mayúscula. Fascinante.

Los disturbios, a la sazón, con los monjes de Lhasa nos derivaron a otras poblaciones. Y si habíamos llegado en un único vuelo diario de dos horas (por los 2.000 kilómetros desde la 'vecina' Chengdu, como alternativa a dos semanas de 'carretera'), el guía español nos hizo comportarnos como una pequeña compañía teatral cuando los subfusiles uniformados fueron pasados por delante de nuestras narices.

En todo caso, Gyantze y Xigatze nos conmovieron. Era difícil imaginar algo más bello, más arcaico, menos hollado.

Sobre todo, aquel glaciar a cuyo pie nos detuvimos. Donde nos echó cuerpo a tierra la pobreza del oxígeno de los cinco mil metros de altitud, pese al proceso de aclimatación.

Ahora que se cumplen 30 años de aquella aventura. Con el recuerdo de mi padre Miguel en el corazón, se me ha ocurrido volver a las agencias de viajes a preguntar.

Y compruebo que el tour, actualmente, sólo dura quince días.

Pero sobre todo me he quedado mirando la fotografía publicitaria del catálogo.

En un famoso puerto de montaña, que ascendimos por pista de tierra sobre precipicios abismales, aparece -brillante- una superficie asfáltica con quitamiedos laterales.

Y en el rellano donde vimos que pervivían las losas sobre las que se exponían los restos troceados de cuerpos humanos al convite de las aves rapaces, con decenas de banderitas de colores rotuladas, se ofrece ahora un yack tan enjaezado como los burro-taxis de la Costa del Sol.

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