MI PRIMERA LIBRETA

F. P. PUCHE

LA VALENCIA QUE YO HE VIVIDO

No la he buscado para ahorrarme alguna que otra lágrima. Pero si está en alguna parte debe hacer compañía, en la caja de los recuerdos entrañables, a las cartillas de racionamiento de la familia y a las lentes del abuelo Ignacio; al carné de trabajadora en la Exposición Regional de la abuela María y al dominó, desgastado por el uso, que entretuvo largas tardes de verano, en la casita de Lliria, a tu padre y a los hermanos de tu madre, los tíos Puche.

El documento al que me refiero es más importante que las libretitas de notas y que las papeletas de examen. El recuerdo que estoy evocando es el que determinó la entrada en la sociedad de los adultos: la cartilla de impositor en la Caja Postal de Ahorros. Era, te tienes que acordar, una libreta de tapas de cartoné gris. El escudo de Correos, con el águila imperial, estaba impreso arriba, a la izquierda. Abajo, a la derecha, decía 'Con la garantía del Estado. Ley de 14 de junio de 1909'. Arriba, en el borde, taladrando portadas y páginas, iba el número de serie y registro; en diagonal, inconfundible, cruzaba la bandera de España y el lema 'Caja Postal de Ahorros'.

No sabría recordar cuándo la recibí de manos de mi padre. Lo que sí recuerdo es que él revistió el momento de un aire de ceremonia de iniciación; si yo ya era adolescente, si podía entrar en alguna conversación 'de mayores', la cartilla de ahorros era una adecuada metáfora sobre la responsabilidad y una introducción en las cosas serias de la vida material. Que se basaban en principios elementales: hay que ganar más dinero que el que se gasta, con la finalidad de ahorrar lo que sobra. Hacer 'un rinconcito', tener siempre una previsión, ser comedido en la administración y guardar algo «por si acaso» eran el mejor regalo que una familia modesta podía dar a los hijos para que afrontaran su futuro. De ahí que la libreta, donde había una imposición inicial de 500 pesetas, fuera el símbolo de una vida llamada a ser prudente y recatada... por «lo que pueda pasar».

Las enseñanzas de la escuela fueron por ese camino. En castellano y en francés, siempre hubo un pater escolapio que supo traer al campo de la moraleja el contenido de la fábula clásica de la cigarra despilfarradora y la hormiga que trabajaba en verano para ahorrar. Los efectos prácticos del ahorro los pude ver claramente en la milicia: si habías reunido capital con moderación, siempre podías echar mano de una de aquellas monedas de 2'50 pesetas con las que se compraba un quinto de cerveza y se almorzaba con más alegría en los cuarteles de Paterna. Nunca me faltaron, en la vida real, ejemplos y consejos sobre el ahorro: si de periodista activo tuve ocasión de asistir al menos tres veces al moralizante acto oficial del Día Universal del Ahorro que se hacía en el hemiciclo municipal, antes, de aprendiz de representante, tuve redoblados ejemplos vivos. Un comerciante muy solvente estaba últimamente insomne y en depresión porque un pequeño fallo le había llevado a la vergonzante situación de ¡devolver una letra de cambio!, un hecho reprobable que se comentaba con escándalo en el mundillo textil valenciano.

Mi libreta creció gracias a las generosas imposiciones de padres y abuelos. Yo me la miraba extasiado, como símbolo de poderío y libertad. Y recuerdo que una vez, cumplidos los 21 años de la mayor edad, sentí la tentación de usarla, secretamente y sin consultar. A los dos días mi padre me llamó con rostro severo:

-¿Se puede saber por qué has sacado 400 pesetas sin decírmelo?

-Quería... quería comprar este libro: 'Historia del Periodismo Universal'. Me vendría muy bien para estudiar.

-Y quizá te atreviste a pensar que yo no te lo habría comprado, ¿verdad?

Otra lección más, la de la generosidad, me cayó encima como agua de mayo.

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