Los Premios Ximo y la censura previa

FERRAN BELDA

Magnificar el peligro que representan para la Democracia el triunfo de la postverdad, inquietarse por la gran cantidad de bulos que vuelan por el ciberespacio o exagerar la influencia de los infundios procedentes del otro lado del otrora Telón de Acero es un error. Sobre todo porque oculta una realidad mucho más preocupante. Y es que más del 90%, y puede que me quede corto, de la información que llega a los medios de comunicación españoles -la que sale ya depende de la solvencia, seriedad e independencia de cada uno de ellos- procede de gabinetes de imagen institucionales. Por lo que, al no haber sido 'robada', como reza el célebre aforismo periodístico, es invariablemente publicidad o propaganda. Esta fue la idea que, mal que bien, traté de desarrollar en la mesa redonda que se celebró la semana pasada en la antigua Universidad con ocasión del X aniversario de la Nau Gran. Y en la que no puedo por menos que asegundarme a la luz de las últimas noticias que han llegado a nuestra redacción, como dicen los clásicos. Es cierto que, según reciente estudio del MIT, las informaciones falsas se difunden más lejos, más deprisa y más ampliamente que las verdaderas. Sin embargo, el problema para nosotros, los valencianos, no es que de aquí a cinco años más de la mitad de las supuestas informaciones que circulen por la red sean mentira, según los pronósticos más pesimistas. Ni que el Kremlin se sirva de la agencia Sputnik o de RT para tergiversar tal o cual conflicto. ¡Distan mucho de ser influyentes! Amén de que patrañas, intoxicaciones informativas, contrainformación y hasta quintacolumnismo ha habido siempre y no se ha hundido el mundo. El problema es que se están difuminando los referentes informativos. Salvo contadas excepciones, como la de este periódico, las voces son cada vez más homogéneas. El número de medios de comunicación regulares que se limitan a transmitir los textos, los audios o los videos ya editados que les mandan los protagonistas de la actualidad política y económica va en aumento. Y, como suele ocurrir cuando el gato se duerme, los ratones bailan. Ximo Puig, sin ir más lejos, está tan encantado con esta extendida postración periodística que, después de incurrir en las mismas arbitrariedades que sus predecesores a la hora de adjudicar licencias de TDT, se acaba de tomar la libertad de instituir unos Premios de Comunicación de la Generalidad que, en circunstancias normales, le habrían costado un disgusto. No en vano se reserva el privilegio de elegir y presidir el jurado que los otorgará. Pero que en la actual tesitura han sido recibidos con la más absoluta de las indiferencias. Talmente como la decisión, anunciada por la ministra Cospedal en Valencia, de convertir al Centro de Operaciones de Seguridad del Estado en un orwelliano Ministerio de la Verdad al otorgarle la facultad de «¡expedir certificados de veracidad informativa!» con la excusa de que vienen los rusos. Otra vez. Los rusos y la censura previa.

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