PREJUBILACIONES

RAMÓN PALOMAR

Llegas a esa barojiana última curva del camino y entonces empiezas a mirar, todavía con disimulo pero sin bajar la vista, lo que te espera cuando la jubilación. Y haces cuentas, y sumas, y restas, y calculas, y cavilas, y concluyes que, salvo un milagro, sobrevivirás justito y sin alardes mientras esperas el sueño eterno. Una catástrofe, vaya.

Pero antes de la jubilación algunos alcanzan el dulce limbo de la prejubilación. Comí hace unos días con tres ejecutivos poco agresivos de una multinacional formidable. Apenas superaban los treinta años. Tipos callados, reconcentrados, inteligentes y discretos. Sólo se animaron un poco cuando me narraron su prejubilación. Tenían claro que se marchaban del mercado laboral a los 52 años, el 70% de su bello sueldo y, además, el complemento de un jugoso plan de pensiones cortesía de la multinacional. Sentí mucha envidia y así lo expresé. «Qué chollo, ya me gustaría a mí...», les apunté. Pero luego, regresando a la palocueva, caí, despistado que es uno, en un pequeño detalle. En breve cumpliré la edad en la cual ellos abandonarán la galaxia curriqui. ¿De verdad me gustaría arrojar la toalla ahora y yacer en el mar de la pereza y las aficiones más o menos artificiales que uno se busca para no marchitarse? Pues no, esa es la verdad. Mi cuerpo y mi sesera siguen pidiendo tralla, batalla, frenesí, lío, barahúnda, algo de bronca, alegrías, decepciones, en fin... Disfruto con mi trabajo más de lo que sospecho. No quiere morir uno con las botas puestas ni alargarse más de lo necesario en esto de abrasar al prójimo, pero si me prejubilase ahora sentiría ese vértigo asociado al vacío. Prejubilarse a los 52 suena a muerte súbita, barbaridad de tiempos modernos y tedio abusivo. No, bien pensado, ya no envidio a esos ejecutivos por mucho que me atraiga la molicie.

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