PREÁMBULO DE ONG

Mª ÁNGELES ARAZO

Alas ONGs, que tanto se necesitan, y en estos tiempos de Navidad y Reyes se multiplican sus llamadas, antecedieron órdenes religiosas dedicadas a la actividad benéfica Nada menos que a 1410 se remonta la 'Casa i espital dels orfens de Sant Vicent Ferrer', santo a quien se considera su fundador. Se afirma que hasta 1592 el Colegio de los Niños Huérfanos estuvo regido por la 'confraria dels beguins', año en que Felipe II ordenó que la administrara un canónigo capitular de la Seo, un jurado y un ciudadano. Vivió una etapa triste y humillante, cuando los niños tenían que pedir limosna por la ciudad, con un capillo que llevaban sujeto al cinturón de su túnica; y todavía en la posguerra, por una modesta acudían a los entierros, como acompañamiento.

Desde 1834 se responsabilizaron del asilo (calle Colón, esquina a Lauria), las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y, por fortuna, la evolución y participación de los valencianos asociados ayudó a un notable cambio. Ahora bien, lo que proporcionó a la institución unos ingresos seguros fue el popular cine San Vicente, instalado en el salón de actos del colegio. Se accedía por la calle Pérez Bayer, y puede asegurarse que todos los niños de Valencia -en aquella época- se divirtieron en castas películas que se proyectaban en sesión continua, mientras merendaban el pan con chocolate. Las películas las elegían los sacerdotes, quienes las censuraban después de haber sido censuradas oficialmente, y aún tapaban con la mano el objetivo si llegaba el beso en los labios, aunque se tratara de Blancanieves y el príncipe.

El cine de San Vicente hizo doblete con distinta programación en 1948; por las noches comenzó a funcionar la terraza Lauria; bastaba con girar la cabina y colocar los proyectores en dirección a otra pantalla. Las sillas eran de enea y permitían una cómoda colocación.

Fue el cine de verano del Ensanche el que sorprendió con los primeros anuncios de ferretería La Cadena (una olla cantaba y bailaba). Una vendedora de mazorcas se colocaba en la entrada y el olor de las espigas asadas en las brasas del carbón era una tentación. Nadie sabía lo de las palomitas de maíz. Ni falta que hacía; un jazminero trepaba por el tapial.

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