POTENTE, MUY POTENTE

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Así como algunos sienten una irremisible atracción por las modas en materia de vestimenta, y se muestran atentos al correcto diámetro del camal, el estampado de la camisa o el corte de la sisa de la manga (confieso que nunca he sabido qué es), elevando estas cuestiones hacia el cielo de la creación artística, por desgracia debo añadir que formo parte del batallón algo zarrapastroso que sólo distingue entre el «esto me lo pongo; esto no me lo pongo ni de coña». Algunos amigos míos mantienen vivo el espíritu digamos Beau Brummel y, de vez en cuando, me regañan condescendientes. «No puedes llevar ese pantalón con esa cazadora», apuntan ladeando la cabeza. «Sí puedo, prueba de ello es que lo hago», les contesto algo mosca pero ciertamente educado, pues lo que me pide el cuerpo es mandarlos a la mierda a lo F. F. Gómez. Reconocida esta bellaca insensibilidad mía en cuanto a la ropa, al menos sí procuro fijarme en las palabras, su uso y cómo en este terreno las modas también se extienden. Si durante el tardofelipismo 'ominoso' ocupó un lugar predominante, hoy es 'potente' la dueña del cotarro. Y es que hoy todo es potente o muy potente. Mejor con el «muy» delante. «Fulano tiene un discurso muy potente». «Mengano practica una cocina muy potente». «Zutano nos ha enseñado un plan de negocios muuuy potente». «La novela de Perengano es muy potente». Tanta y tan bárbara y extraordinaria potencia nos rodea que, sin duda, somos un país musculado, robusto, plétorico de bíceps turgentes y vientres definidos por esculturales abdominales. Vamos, que de tanta potencia como lucimos de boquilla cabría sospechar que somos una superpotencia. Claro que luego nos fijamos en el actual raquitismo político y, como mucho, resulta que sólo somos una nación anabolizada, o sea de puntuales artificios químicos.

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