Postal con vistas al muro de Trump

El puesto fronterizo es moderno y eficaz. La pobreza está al sur de la raya y la riqueza al norte

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Tijuana, aquí empieza la patria», proclama el escudo de la ciudad. Podría leerse al revés: Aquí termina todo. Entre Tijuana y San Diego se encuentra la frontera más transitada del mundo: doscientos mil cruces al día y noventa millones al año. También aquí comienzan las leyendas. Mis acompañantes, que llevan un revolver colgado del cinturón en el costado contrario al de su mano más rápida, me susurran que existe un tren de mercancías, conocido como «la bestia» por su longitud, que cruza el continente tal que una lombriz, en el que los «polleros» cambian niños y órganos por pasajes. Hace dos años, donde «la bestia» resopla y se detiene para recargar, se encontró un camión frigorífico lleno de cuerpos infantiles sin riñones, hígados o corazones. Las autoridades niegan toda evidencia.

Debo decir que el puesto fronterizo es moderno y eficaz, que, dependiendo del momento, en apenas cuatro horas se puede atravesar sin demasiadas dificultades. Tres comercios convierten a esta comunidad del lejano oeste en un planeta diferente: El tráfico de seres humanos, el tráfico de drogas y el tráfico de armas. La pobreza está al sur de la raya y la riqueza al norte. La droga se consume en el norte, pero se produce en el sur. Y las armas de guerra se pueden comprar en cualquier supermercado del norte para matar en el sur, donde los cárteles viven en salvaje competencia. Ese es el resumen de lo que arde sobre línea de puntos del mapa. La vida aquí es segura, me dice el jefe de policía, sólo le va mal al que se porta mal. Como en todas partes, claro, si dejas hacer te dejan vivir.

Con la llegada de Trump, por miedo, se han reducido los tránsitos irregulares y, sin embargo, se han hecho más injustas y frecuentes las deportaciones. Si el comandante en jefe invita a odiar a los «bad hombres» mexicanos, cualquier agente de la autoridad podrá sentirse autorizado para maltratarlos y expulsarlos del país. En la Casa del Migrante, dirigida por el Padre Murphy, misionero de San Carlos, he encontrado decenas de prójimos repatriados, tras once, quince o veinte años de residencia tolerada, por saltarse un semáforo o tirar una bicicleta al aparcar. Si intentasen regresar, los meterían en la cárcel.

Sus esposas se quedaron en EE.UU. con los hijos. Enfrentadas al dilema de seguirles, abandonarlo todo (casa, negocio, colegio) y empezar de cero, o no volver a ver al marido y padre nunca más. Por estas familias cortadas en dos (últimamente, tres millones y medio, según los misioneros), existe una puerta, allá donde el muro se hunde en el océano, que, una hora cada mes, se abre a la llamada "zona común" de la playa para que pueden abrazarse y pasar un rato conversando. En esa puerta alguien ha escrito: «La esquina donde rebotan los sueños». Este es el verdadero muro que se está levantando y es invisible, para el que no quiera verlo.

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