Els Ports

CÉSAR GAVELA

He pasado el Nou d'Octubre recorriendo diversas poblaciones de la comarca dels Ports, tierra muy cercana a Cataluña. Visitar esos lugares es, siempre, un ejercicio fascinador y misterioso. Els Ports, y su vecino el Alt Maestrat, constituyen una de las demarcaciones más bellas de toda España; y junto con las colindantes tierras turolenses, forman la mayor cantera ibérica de pueblos hermosos. En no muchos kilómetros cuadrados, aunque sí entre enormes y bravísimos desniveles, hay una nómina de villas y pueblos absolutamente sensacional. Que siempre nos cautivan cuando uno se pierde por sus sendas, por otra parte no tan lejanas. Aunque situadas, a la vez, en esa distancia enigmática que instaura lo legendario. En la que es muy privilegiada la comarca de Els Ports.

Había sentido el anhelo de apartarme de esta marabunta chiflada, delictiva y ególatra que está incendiando Cataluña. Y que, por otra parte, no podrá romper la armonía de la sociedad valenciana, pese a que es evidente que muchas personas trabajan para ello. Desde aquí y desde allí. Incurriendo los de aquí en un triste complejo de inferioridad ante los aristócratas del fanatismo. Ante los hijos de papá que desprecian la España plural y la urbana. Hijos de papá secesionistas que siempre, a su vez, ignorarían a sus palafreneros valencianos.

En Els Ports hay mucho silencio, mucha verdad y mucha memoria. Y una valencianidad auténtica y poderosa. Lúcida y acogedora. En esos lugares que se llaman Castellfort, Cinctorres, Forcall o Portell de Morella (mi ruta de este Nou d'Octubre) se respira todo lo contrario a lo que infortunadamente sucede en tantos pueblos cercanos, casi limítrofes, del mundo rural catalán. Donde no es nada inhabitual que quienes no forman parte de la polifórmica demencia secesionista sean recibidos con cierta antipatía, aunque de todo hay, naturalmente.

Nuestra comunidad es muy grande pese a ser tan pequeña. Con una extensión casi similar a la provincia de Badajoz, aglutina zonas castellanoparlantes desde hace mil años, con otras que son inexplicables sin el idioma de Ausiàs March. Esta tierra alargada donde viven cinco millones de personas, integra lugares tan desparejos como Villena y Vinarós, Orihuela y Morella, Utiel y Xátiva, Segorbe y Benidorm, Torrevieja y Sant Matéu, Peñíscola y Paiporta... En esa variedad tan rica, y además insólita en cualquier otra autonomía española, radica uno de los grandes méritos de una ciudadanía cordial que vive en paz su doble condición de ser valenciana y española, europea e incluso latinoamericana. He ahí el caudal de convivencia que nadie logrará secar. Somos un ejemplo para Cataluña, la región avasallada por políticos narcisistas y totalitarios. Somos la prueba de que se puede sumar. De que se puede implicar armoniosamente a tantas diferencias, personas y sentires.

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