Las «portavozas»

A Montero le ha podido el afán inclusivo pero sobre todo la ignorancia lingüística. Un tándem muy peligroso para la cultura

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

A veces, aún hay que explicar por qué algunas profesoras y profesores usamos el «vosotras» en clase cuando en el aula hay veinte chicas y un chico. Antes le pedía permiso al chaval; ahora, no. Ahora me limito a informarle de que uso el «vosotras» porque el grupo es manifiestamente femenino. Y he de admitir que a todas les parece natural. No he tenido ni una sola queja hasta el momento.

Sin embargo, mi voluntad inclusiva tiene su límite en el sentido común. Reclamo «jueza», «capitana» y «choferesa» cuando hablamos de las profesionales, y hasta «obispa» en el contexto anglicano, pero me niego a forzar el femenino como acaba de hacer Irene Montero a cuenta de los portavoces y las «portavozas». El lenguaje inclusivo es muy necesario cuando el masculino 'olvida' que hay mujeres en la realidad de la que habla; el problema surge cuando en lugar de visibilizar a la mujer, acaba visibilizando al tontaina. Se da la circunstancia de que «voz» es femenino y «porta» admite las dos: portador y portadora. Así, puestos a feminizar la tarea de la portavocía, sería más lógico jugar con porta, voz y la terminación -or/ero y -ora/era. El resultado sería un engendro del tipo «portavocero» y «portavocera» pero para eso podríamos elegir las ya existentes, y más sencillas, «vocero» y «vocera» que son términos frecuentes en el español de Latinoamérica. A Montero le ha podido el afán inclusivo pero sobre todo la ignorancia lingüística. Juntos hacen un tándem muy peligroso para la cultura. Cuando conocemos el español hablado más allá de la Península nos encontramos con una riqueza de soluciones y de usos que ensanchan una lengua ya de por sí grande y preciosa. El problema es que leemos poco a los usuarios del español americano. Salvo algunas grandes firmas como García Márquez, Gabriela Mistral, Vargas Llosa, Alfonsina Storni, Sor Juana Inés de la Cruz o Borges, no conocemos su escritura más allá de figuras actuales, como Allende o Galeano. A poco que Montero se hubiera preocupado por buscar una solución existente en la lengua de Cervantes y Marcela Serrano, hubiera encontrado fórmulas adecuadas como «vocera». Pero el objetivo, no nos engañemos, no era visibilizar a la mujer sino visibilizar a la activista. Prueba conseguida. Ha logrado que la incluyamos en el elenco de quienes nos afearon la conducta a hablantes y «hablantas» (perdóneseme la estulticia) por no violentar a diario la lengua de todas y todos. Es una bofetada moral lo que se intenta con ese recurso, como el de «miembras» acuñado por la exministra Bibiana Aído o el de «jóvenas», por Carmen Romero. El español tiene opciones para que el lenguaje nunca sea un obstáculo más que tengamos que salvar las mujeres. Frivolizar el asunto, como se hace con este ejemplo, nos perjudica. Convierte una reivindicación justa y urgente en una demostración de incultura. Y las mujeres no necesitamos que nos defiendan los incultos. Ni las incultas.

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