Como pompas de Jabón

Sala de máquinas

La política autonómica y hasta el plus de los partidos y sus cúpulas se mantienen sobreuna cierta idea de provisionalidad

Valencia

Publicado en la edición impresa del 18 de junio de 2017.

Nadie habría apostado por un Pedro Sánchez capaz de resucitar y hasta engrandecerse tras ser pasado a cuchillo por los barones socialistas. Pocos hubieran avalado hace dos años la continuidad de Mariano Rajoy ante la metástasis interna del PP a cuenta de la corrupción. Tampoco encajaba hace un tiempo que Ximo Puig, gracias a los peores resultados de la historia del PSPV, llegara a alcanzar la presidencia de la Generalitat. Por lo mismo, el sino de Mónica Oltra, que también parecía llevarla en volandas, ha dejado de ser tan benéfico. Parecía. Parece. Porque vivimos un tiempo de liderazgos volátiles y cambiantes como el calendario; frágiles, inestables; donde el desgaste debilita a los viejos dirigentes, pero no hasta el punto de hacerlos desaparecer; y al mismo tiempo la fragmentación del poder y del voto impide consolidar nuevos referentes. El futuro no está escrito en ningún sitio, y menos en la Comunitat Valenciana. La política autonómica y hasta el pulso de los partidos y sus cúpulas se mantienen sobre una cierta idea de provisionalidad, de realidad sujeta con pinzas, si bien esa accidentalidad lejos de ser temporal va volviéndose longeva.

Conviene dejar a un lado a Ciudadanos y Podemos, partidos que aparte de tener los mismos problemas jerárquicos que los demás, cuentan con el lastre añadido de carecer de políticas propias en Les Corts y van a rebufo de los otros. El caso más paradigmático de político frágil pero perseverante es Ximo Puig. El presidente de la Generalitat mantiene su estatus a fuerza de transigir con sus socios de Compromís. Conserva la jefatura formal del Consell, pero no la dirección política del gobierno autonómico. Reina, pero no gobierna. Y es una jugada que hasta le sale bien, al dotarse de un perfil institucional más moderado para relacionarse exteriormente con los distintos sectores sociales, frente a las posiciones más encendidas de sus colaboradores. La vulnerabilidad de Puig como presidente autonómico va a ser ahora replicada en su condición de líder del PSPV. Su alineamiento con los barones perdedores encabezados por Susana Díaz le va a pasar factura («el de Valencia lo tiene mal, muy mal»). Todo indica que Puig se enfrenta a ser vaciado en sus funciones o bien directamente defenestrado por la muchachada de Ábalos y sus allegados. Le toca (1) aceptar una ejecutiva rodeado de sanchistas en la que le serían impuestas todas las decisiones y él se mantendría como secretario general a cambio de poner buena cara. O (2) ser amortajado en el lujoso panteón de la presidencia del PSPV, un cargo ornamental desprovisto de cualquier competencia o autoridad sobre la organización. Para la primera opción se necesitan las tragaderas de muchos trienios de vida partidista y una ausencia notable de orgullo, pero la alternativa de la defenestración resulta una humillación pública insensata, para el afectado y para el PSPV. Apartarlo de esa manera supone darle un arma formidable a los adversarios: ‘¡presentan un candidato a los valencianos que no quieren ni los propios socialistas!’ De consumarse el descabezamiento, denotaría que las inquinas personales son tan hondas que superan incluso los intereses comunes.

B. Zuñiga

En el Partido Popular las cosas no están mucho mejor en este orden. Como organización no puede decirse que haya mejorado su situación interna en los dos últimos años, desde aquella abrupta pérdida del poder de 2015. Maillo le acaba de mandar un delegado plenipotenciario a Isabel Bonig para tomar el control del PP en Valencia, digamos que el partido ha sido directamente intervenido por Génova a nivel provincial, como una de esas cajas quebradas hace unos años. ¿Qué significa todo eso? Pues que la presidenta autonómica carece de territorio personal y no tiene dominio directo sobre ninguna provincia. Las tres están en manos ajenas. Castellón goza de total autonomía, no interfiere pero exige no ser interferida; primero con Carlos Fabra, después con Moliner y ahora con Miguel Barrachina. Alicante es zona Císcar; cierto es que Císcar está con Bonig pero eso no significa que Císcar y Bonig sean lo mismo. Y la tercera en liza, la provincia de Valencia, acaba de pasar a ser una colonia del PP nacional a través de una gestora comandada por el diputado Rubén Moreno, elegido por Madrid y que sabe a quién debe obediencia. Recuérdese que una razón por la que Alberto Fabra no logró consolidarse fue carecer de fuerza territorial propia. La otra, su obtuso choque dialéctico con el Gobierno del PP a cuenta de la infrafinanciación o las inversiones, debido a un equivocado complejo que sólo sirvió para hacerle el juego a las izquierdas. Algún asesor de Bonig debería advertirle de que en esos dos puntos ya ha confluido con las políticas erráticas de Fabra, lo que no resulta un buen presagio. El expresidente de la Generalitat fue descabalgado nada más perder las elecciones («aquello no funcionó y ahora se repite lo mismo... es sólo pan para hoy... buscar el titular de un día que luego se nos vuelve en contra»). Se da además un agravante respecto a las demandas de Fabra que cambia todo el escenario; entonces se podía protestar y no pasaba nada porque el PP contaba con mayoría absoluta; no gustaba pero se aceptaba. Pero votar ahora desde el PP valenciano contra los Presupuestos mientras Rajoy intenta convencer de su bondad a Ciudadanos, PNV o canarios ni siquiera se puede considerar aceptable. En síntesis, el mayor triunfo de Rajoy esta legislatura, aprobar los Presupuestos para hacer España gobernable, ha sido descalificado por sus colaboradores valencianos. La desafección hacia Bonig es enorme y necesitará sólidos triunfos electorales para que tales heridas cicatricen.

Cuando en realidad Compromís le ha terminado por resolver el lío a la lideresa popular. El tripartito acusa al PP valenciano de subordinar los intereses de la Comunitat a su ideología, al no poner las inversiones territoriales por encima de la fidelidad a las siglas. O sea, lo mismo que han hecho Joan Baldoví y sus compañeros. Priorizar la ideología, el enfrentamiento con la derecha votando contra los Presupuestos, en lugar de negociar inversiones para la Comunitat, al estilo de vascos y canarios. Los empresarios han tomado nota. Compromís no es distinto al PP o al PSOE, también pone las políticas particulares por delante de las ventajas presupuestarias. Pero es que si no hiciera eso, Mónica Oltra no podría volver al plató de la Sexta para hablar de su libro. Oltra, recién aterrizada de ese largo viaje europeo, tan comentado, y que acentúa algo evidente: su ausencia llama la atención, se nota mucho, lo que indica cuánto llena su figura la política valenciana. Aunque discrepe y avise en serio su compañera Àgueda Micó para la que Oltra es sólo «la líder pública de Compromís, pero no lidera esta formación». Se avecinan nuevas pompas de jabón.

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