LA PÓLVORA DEL REY

ÁLVARO MOHORTE

Si te cobran mal en un bar se puede salir gritando y jurando que no se volverá más o actuar de forma más sensata, pedir la hoja de reclamaciones, gastarse el tiempo necesario en rellenarla concienzudamente, coger las copias que corresponde, presentarlas en la Oficinas Municipales de Información al Consumidor... y cumplir la promesa de no volver más al lugar del crimen gastronómico, comercial o del tipo que sea. Resulta menos pasional, pero será más efectivo para nosotros y para quien venga detrás.

Y es que, después del golpe en la mesa, más vale templar los ánimos y quejarse como toca. Esta semana hemos sabido que, si las cosas no cambian mucho (y no parece que lo vayan a hacer) de los 54.353 millones que costó el rescate bancario no podremos recuperar ni uno de cada tres euros que metimos para evitar el desplome del sistema.

El Banco de España ha echado cuentas de lo que valen ahora los activos que se recogieron en plena tormenta y el saldo es lamentable. Está claro que se evitó que los ahorradores pedieran su dinero con la quiebra de la banca y que el Estado tuviera que comerse el pago de hasta 100.000 euros por cada impositor.

Pero, ¿realmente nos vale con eso? Cuando las cantidades son muy altas se pierde la perspectiva, como al ver un prado desde lo alto de un cerro y olvidar que el ese punto apenas perceptible en mitad de un sembrado es un tipo dándole al azadón, con sus preocupaciones y sus alegrías como aquel que le observa desde más arriba.

Este desastre no es como el bicho del vinagre, «que no tiene madre ni padre», sino que es el resultado de una serie de decisiones de gente que mandaba (y mucho) cuando estaba al frente de esas organizaciones que terminaron por mandar a paseo. Definir el punto en el que el cumplimiento de las órdenes puede eximir de su comportamiento al personal subalterno no es sencillo, pero sí lo es señalar quienes estaban en el vértice de la pirámide.

Por el momento, algunos de los culpables se están teniendo que sentar a dar explicaciones frente al juez o en el banquillo de los acusados por trapacerías como chanchulleras operaciones en el Caribe, desvergonzados pelotazos urbanísticos o el paso de tarjetas de crédito 'de gratis' hasta fundirlas.

El problema es que para romper tanto hay que romper mucho y hacerlo con sistema. Importa quien usa el martillo contra la porcelana, pero también habría que pedirle cuentas a quien puso la herramienta en manos equivocadas.

Si esto no se hace de alguna manera, toda la millonada de la que se echo mano habrá evitado el mal de muchos inocentes, pero nos puede enfrentar a que, en el futuro, haya quien no se lo piense dos veces antes de creer que sus desmanes se pueden volver a cubrir tirando de pólvora del Rey.

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