POLÍTICOS Y FUTBOLISTAS

PABLO SALAZAR

En España llegamos hace unos años a una conclusión tranquilizadora de conciencias, una especie de relajante muscular que actúa en todos y cada uno de los ciudadanos de este país y que les permite respirar profundamente aliviados y diciéndose a sí mismos, no es culpa mía. La corrupción ha obrado el milagro, el elixir mágico que igual sirve para mitigar un dolor de muelas que para combatir el ardor de estómago tras una comida pantagruélica. Los políticos -según ha sentenciado el jurado popular de la opinión pública- son todos unos chorizos, sin excepción, mientras que la sociedad, los españoles en su conjunto, es un pueblo honrado y trabajador, maltratado por sus clases dirigentes y que no se merece semejantes representantes. Una reedición del histórico qué buen vasallo si tuviera un buen señor. Del elixir se echa mano en cualquier momento y situación. La crisis económica, por ejemplo, fue responsabilidad exclusiva de los políticos por no parar a tiempo la burbuja inmobiliaria y no poner freno a la voracidad de los bancos, en ningún caso tuvo nada que ver el que cientos de miles, millones, de inocentes personas se lanzaran a consumir, a comprar viviendas por encima de sus posibilidades, a cambiar de coche, a viajar a todas partes y a financiarlo con créditos basura y con hipotecas a las que no iban a poder hacer frente con sus ingresos. No. El relato popular dictó una única y ejemplar condena: los políticos nos han arruinado. Les pedimos desde entonces, más bien les exigimos, no sólo una ejemplaridad que como el valor en el soldado se les supone sino un ejercicio de estriptis permanente para saber en qué clase viajan, qué comen, cuántos folios gastan y de qué color es el tapizado del sillón de su despacho. Y si por una de ésas se ven envueltos en un caso de corrupción, reclamamos su dimisión inmediata, sin esperar a los pronunciamientos judiciales, hasta el punto de que la presunción de inocencia se ha convertido, en los cargos públicos, en todo lo contrario: son culpables mientras no demuestren lo contrario. Pero ¿y qué hacemos en otros ámbitos? ¿Cómo actuamos, por ejemplo, con los futbolistas? Me temo que de muy distinta manera. Cuando algunos han sido acusados de evadir impuestos se han visto arropados por sus clubes y por sus aficionados. Como son ídolos de masas, pueden engañarnos a todos y no aportar a Hacienda lo que deben. Y cuando un individuo, por llamarlo de alguna manera, es arrestado y acusado de homicidio en grado de tentativa, lesiones, amenazas, detención ilegal, tenencia ilícita de armas y robo con violencia, su club reacciona con cautela, ambiguedad incluso, que no hay que precipitarse. ¿Aquí no? ¿De verdad es creíble que los políticos son los únicos culpables de todo?

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