POLÍTICAS DIVERGENTES Y CONVERGENTES

Cuando hay un desaguisado social, o una alarma, siempre se dirigen las miradas hacia el mundo educativo. Que lo arreglen los profesores, con tanta hipertrofia en la confianza que en la escuela se deposita como racanería en los presupuestos que la acompañan. Sobre la violencia doméstica, sobre los accidentes de tráfico, sobre la igualdad... y en general, sobre cualquier cosa que de repente salta a los telediarios: una goleada en un partido infantil, un incendio forestal, incluso, ahora, la infrafinanciación autonómica, con consellers dando charlas en los institutos.

Y es cierto. No hay que negar, más bien al contrario llevarlo con orgullo, el poder de la Educación para transformar la sociedad, para difundir, transmitir, asentar, los valores que entre todos consideramos compartidos con la esperanza de que las generaciones futuras sean más sabias, justas y libres que las nuestras. La escuela también es progreso, y no sólo económico, ni mucho menos.

Es evidente también que no sólo educa la escuela, y a tenor de las tendencias lo hace cada vez menos, en el sentido de que el resto de agentes educadores - familia, entorno, mundo- comparte ese papel tradicionalmente escolar de transmitir conocimiento. Cuántas veces los valores que por la mañana transmite la escuela, quedan machacados a la hora del prime-time televisivo.

Por ello, al igual que se exige ese sobreesfuerzo a la escuela de recoger cualquier guante que la sociedad le lance, ésta también debe reivindicar que dicha sociedad apoye los valores que pretende transmitir. O más bien, los valores de la escuela, que entre otros muchos, es también valorar el estudio, la formación escolar.

Me ha venido esto a la cabeza al leer la propuesta en Les Corts de los tres partidos gobernantes que abogan por la regulación del consumo del cannabis en primera instancia para usos terapéuticos pero sin hacer ascos a los consumos recreativos. No tengo claro que esta banalización de las drogas refuerce y respalde el trabajo que se realiza en las escuelas. A veces, los valores que por la mañana transmite la escuela, pueden quedar machacados en un pleno parlamentario.

No diré nada del uso terapéutico y huiré del gran debate de la libertad individual, pero no se puede pasar por alto las consecuencias, entre otras, de las drogas en el fracaso escolar y por ello, el flaco favor que esta iniciativa hará a nuestra escuela. Cuántas veces se dice -decimos- que las causas del fracaso escolar no sólo están en los pupitres y entre esas causas también está ese consumo recreativo que ahora se menciona.

Varían las cifras según cualquier estudio que tomemos, pero todos certifican que existe una correlación entre consumo de cannabis y fracaso escolar. Como siempre, está la duda de si fumar lleva al fracaso o si fuman más los que fracasan, pero no parece tan justificada una política divergente en la cual la mano izquierda del Botànic banaliza lo que su mano derecha combate.

Lo he visto este año en decenas de jóvenes sin titulación, que el policonsumo -añadamos el alcohol- es uno de los grandes impedimentos -en tantas ocasiones a la altura de las dificultades económicas- para que estos jóvenes retomen sus estudios después de haberlos abandonado. La defensa -que ni discuto ni defiendo- de un uso terapéutico del cannabis no puede ser la puerta de entrada argumental para un chapapote -insisto, añadamos el alcohol- que impregna y quema las oportunidades académicas de una buena porción de juventud y, a la larga, sus posibilidades de desarrollo personal y social.

Porque es posible realizar políticas convergentes con los valores educativos, y una buena prueba es la alarma social sobre los accidentes mortales con ciclistas. De nuevo, para combatir los accidentes, las miradas giran hacia la Educación vial. De hecho, esa prevención -la mejor política sanitaria, dicen, es la preventiva- ya la realiza la Conselleria de Sanidad, en colaboración con la de Educación, a través del programa para la prevención de los accidentes de trafico (PRELAT) en los centros de Secundaria por el que pasan cada curso alrededor de 25.000 estudiantes. Lo dicho, políticas convergentes entre lo que se pide a la escuela y lo que se hace.

Y en cualquiera de esas charlas, un estudiante escucha la incompatibilidad de los consumos de drogas y la conducción. Una incompatibilidad, quizás no tan directamente dramática, que se extiende a lo académico.

Fotos

Vídeos