La política y los Down

Es una atrocidad negar el sentido de la vida a quienes, ya concebidos pero aún no nacidos, puedan padecer una discapacidad o enfermedad

Qué es la política? Se han acuñado múltiples definiciones a lo largo de la historia. Hugo Eduardo Herrera, filósofo del derecho chileno, propone que la política podría ser entendida como «la actividad de quienes procuran obtener el poder, retenerlo o ejercitarlo con vistas a un fin que se vincula al bien o con el interés de la generalidad o pueblo». Pero en estas palabras no figura una referencia a qué, en un mundo relativista, pueda entender por bien el hombre que ejerce esa actividad: ¿se está persiguiendo el objetivo de servir al grupo dirigente o al pueblo en su conjunto? De ser el pueblo el objetivo, ¿qué se persigue?, ¿el interés general que determinan los políticos que ostentan el poder?, ¿o el bien común de la sociedad y de sus componentes, las familias y los individuos, o quizás sólo los individuos? Es preciso detallarlo para aprobar o rechazar las políticas concretas aplicadas en un lugar y en un momento dados.

Hoy en día resurgen con fuerza concepciones de la política que dan a entender que es «la actividad de quienes pretenden obtener el poder, retenerlo y ejercitarlo con vistas a un fin, que se vincula artificiosamente por ellos a lo que ellos mismos definen como el bien o el interés de la generalidad o pueblo». Esto es lo que hay. En España observamos esos tics en buena parte de quienes nos gobiernan. Las apelaciones del hoy presidente del Gobierno, y las del líder de la oposición, a un llamado interés general que en ningún caso concretan nunca en qué consiste, y su paralela ausencia de referencia al bien común, que es un concepto definido y concreto que escaparía a su manipulación, son notorias.

¿Se está ejerciendo el poder al servicio del hombre, de todos los hombres, independientemente de su rol en la sociedad, y de todos los hombres que están por venir? Porque el poder político, si está al servicio del bien común, debe garantizar la igualdad de derechos protegiendo en mayor medida a los más débiles. ¿Se está haciendo eso? Estamos bastante lejos de conseguirlo, y en algunos asuntos vamos por el camino inverso.

¿Quiénes son los más débiles? Los pobres, los discriminados por su raza, los ancianos que perciben que están de más en sus familias, donde son considerados inútiles, los niños no nacidos y no deseados, los que padecen enfermedades incurables o discapacidades físicas o mentales que no tienen tratamiento que los vuelva útiles para la sociedad, los que carecen de habilidades sociales que les permitan ser útiles en ella, etc...

¿Y quiénes son los más débiles entre los débiles? Aquellas personas en las que se da, simultáneamente, más de una de las condiciones de debilidad. Por ejemplo, aquellos niños no nacidos de los que se ha conocido su alta probabilidad de que estén aquejados por síndrome de Down, o por otros síndromes de parecida naturaleza o consecuencias, y que nuestra utilitarista sociedad actual considera de entrada inútiles y, en consecuencia, desgraciados potenciales. Además, en ellos se dan también circunstancias que hace que sean económicamente caros, ya que necesitan de tipos de enseñanza especial. La sociedad los rechaza por no ser útiles, a juicio de quienes en ella detentan el poder.

Pero, ¿es que la actividad política tiene la obligación de proteger con preferencia a los débiles? La respuesta es sí. ¿No irá este principio contra el superior de igualdad? La respuesta es no. De no ser así no se reconocería la desigualdad de hecho que se da entre personas, por la realidad de que sus circunstancias, sean físicas, psíquicas, personales o económicas, son desiguales. Sobre esto ya decía Ernest Renan, escritor francés del siglo XIX, que no hay mayor injusticia que tratar de forma igual a cosas desiguales. Uno de los errores típicos del liberalismo es llevar a pensar que si la constitución de un país y sus leyes establecen el principio de igualdad ante la ley como básico en su ordenamiento jurídico, conduce necesariamente a la igualdad real de oportunidades entre los ciudadanos.

Al contrario, los pobres, los débiles, se encuentran en una posición de fragilidad en cuanto a sus oportunidades, lo que el estado debe compensar de alguna forma para volver a la igualdad. Una actividad política que no se atenga a este principio será injusta y provocará estallidos, al menos parciales, en la sociedad en que se de. Los políticos que eso hacen van perdiendo lo que se denomina la legitimidad de ejercicio de su poder. Un estado democrático y de derecho no impide que se realicen actos ilegítimos, y cuando eso sucede acaban cometiéndose verdaderas atrocidades.

Una de esas atrocidades es negar el sentido de la vida a quienes, ya concebidos, es decir, existiendo ya como seres humanos pero aún no nacidos, se prevé que puedan padecer síndrome de Down o cualesquiera tipos de discapacidad o enfermedad. Este pensamiento, profundamente utilitarista, es inhumano, al hacer depender el reconocimiento de la dignidad humana del ser, no ya de estar vivo y ser un individuo de la especie humana, sino de lo que algunos denominan su esperanza de calidad de vida futura, eso sí, prejuzgada por quienes hoy tienen poder sobre él. Es un planteamiento totalmente Orwelliano, por el que un difuso Gran Hermano dictamina quién puede y quién no puede vivir. Es lo que llamamos eugenesia, y que fue aplicado en primer lugar en el siglo XX en la Alemania nazi, con resonancias en países anglosajones.

Algo similar a esto se está practicando hoy en día en Occidente, y en España en particular, con el aborto eugenésico que, de hecho, consigue que hoy sea excepcional el nacimiento de un niño con síndrome de Down, no porque se les sane en un prodigio de la genética o de la medicina intrauterina sino porque, simplemente, se les mata y se hacen desaparecer sus restos.

Es ésta una política por la que el poder busca en la sociedad y entre los propios padres, aliados para revolverse contra su obligación de proteger a los más débiles, los niños no nacidos aquejados de trastornos de origen genético. Una política basada en la generalización del egoísmo, antinatural en los propios padres que lo practican, y que se acaba pagando con otro síndrome, éste afectándoles a ellos, los padres de la criatura, que cuando se aperciben de la barbaridad en que incurrieron, quedan rotos para todo el resto de su existencia, y les es casi imposible perdonarse a sí mismos.

Pero quienes ostentan el poder con el único fin de seguir detentándolo, no se plantean la moralidad de sus actos. Viven solamente de la misma satisfacción que refleja la célebre obra de Goya 'Saturno devorando a su hijo'. Es una satisfacción a muy corto plazo, y si al final tuviéramos razón quienes profesamos que hay vida y juicio de Dios más allá de nuestra vida, su opción sería un error que, matemáticamente hablando, en la medida en que es mantenido libre y conscientemente, tiende a infinito.

Fotos

Vídeos