Un policía español

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Me gusta imaginar que las fronteras representan esa parcela huérfana de purísima y estéril tierra de nadie siempre al borde del estallido. Hay chicha, en los puestos fronterizos custodiados por los uniformados de uno y otro país. El lado «madre» de nuestra policía se ha evidenciado con el incidente de Melilla y ese lunático que tomó por una cimitarra justiciera un castizo cuchillo jamonero. Manda huevos.

Un policía made in USA habría vaciado sin dudar su cargador contra un tipo sujetando un filo dotado de altavoz islámico. Seguramente, en estos tiempos extraños de lobos solitarios de cerebro lavado, en Alemania, Francia y por ahí los pulpejos de los dedos índices de los pasmas también habrían presionado el gatillo. Disparar primero, preguntar después. Pero aquí no. Aquí nuestros maderos ni siquiera desenfundaron su hierro. Permanecieron expectantes manteniendo las distancias hasta que, el más rápido de la pandilla, aplicó auténtica terapia de improvisación y choque, nuestro mejor patrimonio, para descalabrar al agresor usando un bolardo de plástico. Le propinó un fostión contra la cabeza que habría tumbado al formidable Tyson de su momento estelar. A un agente de la ley yanqui, gabacho o teutón, semejante recurso jamás se le habría ocurrido; a ese poli español, sí. Ese poli español sufrió una iluminación genial, bestial, sideral. En lo de noquear al enemigo empleando un fistro plastificado a modo de ariete, lo que estaba a mano, vaya, cristaliza la tradición hispana que inventó la guerrilla para fumigar al invasor. Ese poli escapó del guión y de los manuales académicos, y gracias a su talento rudimentario se evitó el derramamiento de sangre. Si algún día descubrimos cómo canalizar los destellos de esa improvisación el mundo será nuestro. Espero que le concedan una medalla al poli. La merece.

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