Y PODEMOS SE HIZO VIEJO

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Conforme Podemos (y sus franquicias locales) se hace mayor, a medida que pasa el tiempo, se acomoda a las instituciones y encaja quiera o no quiera en el sistema (que sí que quiere), no sólo pierde el fulgor de la juventud, el encanto de lo nuevo, la irresistible atracción de una fuerza renovadora, iconoclasta, revolucionaria, rompedora y transgresora, sino que se convierte en uno más en el tablero político, un actor con los mismos vicios y defectos de los clásicos, los de toda la vida, los de «la casta», con las corrientes, tendencias y familias que caracterizan a las siglas tradicionales, con sus camarillas, sus favoritos, sus valores emergentes y sus árboles caídos, con las rencillas, traiciones, envidias, celos, vanidades y egos desatados propios de esas formaciones a las que venían a sustituir y con las que han acabado no sólo conviviendo sino cohabitando. De alguna forma lo puso ayer de manifiesto Jordi Peris al explicar las razones de su adiós, de su marcha de València en Comú, «un proyecto fracasado» según sus propias palabras, de su renuncia no sólo a la portavocía sino a la propia acta de concejal, una acción poco habitual (no hay más que recordar lo que hicieron hace unas semanas el tránsfuga Marí y sus compañeros de huida de Ciudadanos) que le honra y dignifica.

Podemos se enfrenta a sus propias contradicciones, las de un partido que no quería ser un partido para terminar siendo el más partido de todos los partidos, las de una especie de movimiento ciudadano asambleario y libertario, heredero del 15-M, que ha acabado derivando en un sucedáneo de Izquierda Unida versión 2.0 con nuevos dirigentes pero con los mismos tics de siempre, incluyendo entre ellos el puño en alto. La negativa de la alcaldesa de Madrid a colgar una pancarta en recuerdo de Miguel Ángel Blanco viene a demostrar la incapacidad de los morados y sus acólitos por comportarse como una formación democrática con aspiración de obtener la mayoría en las urnas y llegar a gobernar, su obstinada resistencia a parecer normal, su descabellada apuesta por ser el paraguas y refugio de los frikis, de los marginales. Tras el fracaso del 'sorpasso' al PSOE, Podemos ya sólo aspira a tocar poder de la mano de los socialistas y en su seno se recrudecen las habituales conspiraciones de quítate tú que ya me toca a mí. Nada nuevo bajo el sol. Podemos es hoy tan vieja política como el PP de Mariano Rajoy, Ciudadanos de Albert Rivera o el PSOE de Pedro Sánchez, un actor más de la tragicomedia nacional (o plurinacional) española, empeñado en demasiadas ocasiones en interpretar el papel más desagradable, el del malo que encima no es simpático y que por no ser ni siquiera es guapo. Imposible ganarse así el favor del gran público.

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