¡Pobres artistas!

CARLOS FLORES JUBERÍAS

En una semana triplemente negra para las artes y las letras españolas, el Supremo ratificaba la condena a tres años y medio de cárcel y mandaba directamente al trullo al rapero Valtonyc por enaltecimiento del terrorismo; una juez ordenaba el secuestro cautelar de un libro sobre el narcotráfico gallego a instancias de un alcalde de la zona que aparecía citado en el mismo; y la dirección de ARCO, la feria de arte más importante del país, retiraba una obra en la que entre los retratos de una serie de supuestos presos políticos se intuían los rostros pixelados de Oriol Junqueras y los Jordis.

Si la concatenación de estos tres hechos en tan breve espacio de tiempo suscitó en algunos círculos un inmediato grito de alarma ante lo que se apresuraron en calificar de ataque premeditado y sistemático contra la libertad de creación artística; lo que esta reacción ha suscitado en mí, a su vez, ha sido una triple perplejidad.

De entrada, la que me causa la indisimulable parcialidad con la que algunos administran su indignación: me refiero a los que hoy braman porque se descuelguen unos retratos, mientras ayer exigían que se desmontaran cruces y se retiraran lápidas; los que protestan porque no se pueda injuriar a la Corona, pero reclaman tomar medidas cuando oyen alguna de esas cosas «que es intolerable que se sigan diciendo en pleno siglo XXI»; y los que protestan por el secuestro de un libro, pero no hace mucho eran partidarios de secuestrar autobuses de color naranja. Vaya: los que trazan la frontera entre lo que debería hallarse protegido por la libertad de expresión y lo que no, justo por la línea de puntos que delimita su propia ideología.

En segundo lugar, me deja perplejo que para algunos la libertad de expresión pueda tener unos límites -los que sean- cuando se trata de ciudadanos de a pie, y otros -considerablemente más generosos- en el caso de los «artistas». Con la consecuencia de que mientras correrían a llamar a la Policía si el vecino de enfrente les amenazara con «arrancarles la arteria y todo lo que haga falta» o el dependiente de la carnicería con «llegar a la nuez de tu cuello», aplauden con las orejas si el que dice exactamente esas mismas barbaridades lo hace con acompañamiento de guitarras, mientras asienten bobaliconamente a la afirmación de que lenguaje artístico -pero ojo: no el del común de los mortales- debe ser extremo y provocador.

Y, sobre todo, me genera una insuperable perplejidad la simpleza con la que accedemos a calificar a algo de «arte» y, en consecuencia, a conceder a su autor ese plus de libertad expresiva a la que me acabo de referir. Llámenme antiguo, pero la obra cuya retirada de ARCO tanta indignación ha provocado tenía de artística lo que los pasillos de mi Facultad en tiempo de elecciones. Y allí nadie protesta cuando el viernes por la noche las señoras de la limpieza llenan de basura sus canastos.

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