Pobre PSOE

A Sánchez le gusta acusar a Rajoy de no querer subir las pensiones, pero su partido no obtiene rédito electoral

CURRI VALENZUELA

Hay muchas maneras de explicar con datos más que con opiniones los graves problemas que padece el PSOE liderado por Pedro Sánchez. Como mejor ejemplo, el de su diputado Juan Carlos Campo acusando desde la tribuna del Congreso de los Diputados a los padres de las jóvenes víctimas de asesinatos violentos que presenciaban el debate sobre la cadena perpetua revisable de dejarse manipular «con sabor a ira, a rabia, a sed de venganza». Una intervención de mal gusto que ignora que ocho de cada diez votantes de su partido quieren que esos asesinos pasen y no dejen de pasar en la cárcel los años que les van a caer encima por la reforma legal aprobada por el gobierno de Rajoy hace tres años.

Después de haber apoyado a ese gobierno en la crisis de Cataluña, o quizás por esa misma razón, Sánchez ha vuelto al «no es no» de su primera temporada como líder del Partido Socialista. En las últimas semanas se ha salido pegando un portazo de las negociaciones para alcanzar un pacto de Estado sobre Educación, un acuerdo necesario a todas luces, sin alegar motivo alguno para negarse a negociarlo y ha abandonado de hecho el Pacto de Toledo que un Felipe González firmó con toda la oposición a su gobierno para que el tema de las pensiones quedaran fuera del debate político. Los socialistas no quieren ni sentarse ahora en la comisión parlamentaria que vigila el cumplimiento de ese pacto desde hace casi un cuarto de siglo.

A Sánchez le gusta más acusar a Rajoy de no querer subir las pensiones y se entendería que lo hiciera para obtener un rédito electoral, pero no. Las encuestas demuestran que su partido está estancado en el porcentaje que obtuvo en las últimas elecciones generales, lo cual es preocupante si se tiene en cuenta que Podemos está registrando una fuerte caída ante la opinión pública. A pesar de que la dirección socialista juega a podemizarse para apropiarse de ese segmento del electorado, los estudios demoscópicos afirman que por cada simpatizante de Pablo Iglesias que se pasa al PSOE hay dos exvotantes socialistas que se dicen dispuestos a apoyar a Ciudadanos.

En Ferraz reina una calma chicha que tiene su lógica porque el último combate de Sánchez con sus muchos críticos, encabezados por Susana Díaz, fue ganado por quien sigue siendo el secretario general. Pero eso no quiere decir que el barco socialista vaya a navegar hacia algún puerto seguro. Prueba de ello ha sido el intento de Sánchez de recuperar, aunque solo fuera para la foto, a los antiguos líderes de su partido a los que había invitado a participar en una Escuela de Buen Gobierno creada por él en uno de esos momentos en que se siente políticamente creativo. Ni Felipe, ni Rubalcaba, ni Susana. El único líder que se ha subido a la tribuna ha sido Zapatero. Sánchez reconoce que se jugará el todo por el todo en las elecciones autonómicas y municipales de dentro de un año. Así es. Así va a ser.

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