La plaza de la franquicia

MIQUEL NADAL

Hace un tiempo me dio por investigar sobre la ubicación del Bar Torino en la desaparecida Baixada de Sant Francesc, la que desembocaba en la actual Plaza del Ayuntamiento. Sorprendía de las fotos la escenografía comercial, la sucesión continua de establecimientos, tiendas de ropa, fotógrafos, relojerías, la sombrerería Boer's de Enrique Savall o la de Farinós, perfumerías, el callista Enrique Bandemburg, la peluquería de Pascual Sales, "front al Café Suiso", pregonando los bisoñés y añadidos, despachos de fábricas de guano y artículos de viaje, el Horno Martí, la Farmacia de Besalduch, o La Esmeralda, Restaurant y Hospedajes de San Francisco de Miguel Cotino, el óptico Miguel Panach o la camisería Gamborino, la fábrica de pañuelos de seda de Torró o el mismo Café Restaurant Suizo, una fábrica de guitarras, ebanistas, el Bar Torino, el Gran Café de España anunciando cerveza de Munich o la fábrica de camas de madera de haya La Amuebladora. La palma se la llevaba el anuncio de los ultramarinos de la Bajada de San Francisco número 33, El Negrito, anunciando sus licores: «No me quedo corto en cuestiones de Licores: tomad unas cuantas botellas y aprenderéis el idioma ruso en pocas elecciones, seréis más toreros que Lagartijo y más ricos que Roschild». Ese mundo popular es ya arqueología. Ni ha de volver y resulta inútil que se añore. Las transformaciones comerciales se explican por movimientos más profundos, pero también por nuestra dejación. Mueren las cosas cuando dejan de apreciarse los detalles, nos dejamos estar y nos conformamos con cualquier cosa. Un recorrido actual desde la calle de San Vicente hasta llegar a la Plaza, haciendo un tour por todas las fachadas nos da la medida de que la principal plaza de la ciudad, además de su conformación urbanística, y de sus usos, es el negativo de la foto del comercio perdido, una exaltación de la franquicia. Oficinas bancarias, establecimientos de restauración y comida rápida, carcasas de móviles, tiendas de yogurt y artículos de dudoso turismo. No puede haber una ordenanza que ponga coto. Es difícil sustraerse a la tendencia. Sorprende en todo caso que hayamos dado un paso tan radical hacia el punto contrario, extremo, de manera que llegará un día que no exista nada propio. Como paradigma de nuestra época da mucho que pensar. Tanta identidad y vindicación de nuestro posesivo, para acabar muriendo en el copia y pega de la franquicia de los otros. Tanta Plaza peatonal para acabar rascándose la butxaca en ofertas de 2 por 1. Deberíamos llamarla la Plaza de la Franquicia, eliminar la estatua de Vinatea, asesino notorio, alquilarla a las franquicias, y que en la Plaza, sin coches, se celebre la Fira de la Franquicia. Hace un siglo Valencia tenía la librerìa de Ortega. Azorín elogiaba la elegancia europea del Café de España. En el Bar Torino se fundaba el Valencia. Nuestro debate ahora es a qué bar de tapas de palillos nos toca asistir.

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