Platón y los políticos

Algunos de nuestros políticos que nos erizan el vello son muy leídos, y detrás de cada fechoría pueden citar reflexiones tendentes a justificarlas

VICENTE GARRIDO

En un artículo publicado en LAS PROVINCIAS esta semana, la escritora Andrea Marcolongo hablaba de su libro 'La lengua de los dioses' (el griego) que, de acuerdo con los datos proporcionados por la editorial, es «una de las revelaciones de la temporada literaria en su país con más de 100.000 ejemplares vendidos». No lo he leído, así que no puedo decir nada al respecto, pero sí quisiera comentar una de las afirmaciones de la joven escritora, destacada por el periodista: «Los políticos que leen a Platón, nunca serán corruptos», debido a que los textos del filósofo ateniense «están llenos de lógica, algo que falta en nuestra sociedad».

Esta afirmación me recordó de inmediato el ejemplo de los criminales de guerra nazis en la Segunda Guerra Mundial, así como de muchos de sus seguidores, que hicieron posible que el sistema perverso de sus creencias y prácticas germinara y prosperara: gente culta, jueces, profesores de universidad, intelectuales... personas que en muchos casos habían leído a Platón y a otros muchos pensadores. De entre todos ellos, el filósofo Heidegger se eleva como paradigma de la capacidad que tiene el ser humano para disociar el disfrute del conocimiento de las Ideas por una parte, de la vida ciudadana en cuanto vinculada a unos valores morales defensores de la dignidad y la justicia, por otra.

Lo que quiero decir es que uno puede ser un perfecto político inmoral y haber leído mucha filosofía y teoría política. Heidegger abrazó el nazismo y persiguió con saña a su maestro Husserl, ya que era judío. Pasado un tiempo intentó justificar su comportamiento racista, pero nunca lo logró: sus hechos hablaban por él. Es evidente que todo lo anterior no pretende significar que la lectura de los filósofos o de los pensadores sea algo inútil para el desarrollo de la capacidad moral de la persona; en absoluto, en la medida en que tal hábito desarrolla la inteligencia y facilita el análisis crítico, es algo del todo recomendable. No puedo estar más en contra del barrido de las humanidades que para nuestra vergüenza asola nuestro sistema educativo.

El punto es otro: algunos de nuestros políticos que nos erizan el vello son muy leídos, y detrás de cada fechoría pueden citar reflexiones tendentes a justificarlas. La cultura, si no resuena en un fondo moral genuino, es sólo ornamento; la lógica de Platón no suple a los valores. Conocer a los clásicos del pensamiento ayuda, pero está lejos de ser un garante del buen político. El compromiso moral se nutre de las ideas, pero también de la ética de la vida cotidiana que determina el listón de lo intolerable en la gestión de la cosa pública. El buen gobierno necesita del compromiso de la responsabilidad, de la creencia compartida de que la corrupción es un acto de traición a la confianza prestada, y de leyes firmes que la prevengan y condenen.

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