MÁS PLANES PARA LA PAJA DE ARROZ

VICENTE LLADRÓ

No hay en el mundo otra materia que haya captado más planes y mayor atención que la paja de los arrozales de alrededor de la Albufera de Valencia. Los últimos proyectos vienen a proponer, por parte de la Conselleria de Agricultura, que se recoja y almacene en naves industriales, para ir dispensándola después a quienes puedan reutilizarla, mientras que el Ayuntamiento de Valencia impulsa o apoya diversas iniciativas para probar el uso de dicho residuo agrícola en la elaboración de piensos (mezclado con piel de naranjas), producir setas, hacer papel o mantas para usar en jardinería y hasta fabricar mobiliario urbano.

El objetivo es evidente: conseguir que sea viable retirar la paja de los campos para darle una segunda vida útil, evitándose así lo que ahora es irremediable, que se queme después de la siega del arroz, lo que provoca durante semanas una humareda contaminante que además ocasiona grandes molestias a los ciudadanos de Valencia y demás poblaciones aledañas al arrozal (según en qué dirección vaya soplando el viento).

La otra alternativa posible, dejar que la paja se vaya pudriendo en los campos conforme se inunden otra vez, ya demostró que era peor: se contaminan las aguas, que quedan ennegrecidas y desprenden un olor nauseabundo, se perjudica a la fauna acuícola y además es nocivo para el terreno, que acaba conteniendo un exceso de materia orgánica, lo que es negativo para el cultivo de arroz.

Nadie sabrá cuántas ideas y proyectos se han impulsado desde instancias oficiales en las últimas décadas para intentar resolver este problema, y cuánto dinero público se ha gastado en ello, hasta acabar todo en el sumidero, como de nuevo se acaban quemando y pudriendo cada año los restos del arrozal.

Los agricultores más veteranos sonríen sabiamente cada vez que escuchan anunciar que se van a poner en marcha nuevas iniciativas. Viendo las experiencias negativas que se han ido sucediendo, es lógico verlo con suspicacias. Aunque hay que tener en cuenta que si no se prueba y se prueba nunca saldrá nada. Ojalá alguna de las propuestas en marcha, u otras futuras, prosperen para evitar por fin la molesta quema y hacer que triunfe la reutilización. Aunque no llegara a cumplirse el optimista propósito hecho desde el Ayuntamiento de Valencia, que habla incluso de que en un futuro los agricultores podrían vender la paja que ahora queman. Ya bastaría con que a terceros les saliera a cuenta llevársela gratis. De momento es encomiable que el propio consistorio haya decidido financiar el uso de tres máquinas empacadoras para facilitar que lo que ahora se deja tirado en los campos se convierta en balas de paja, permitiendo así su recogida y transporte.

Hasta ahora, que recordemos, se ha intentado aprovechar esta paja como material de construcción, para hacer fallas, como elemento idóneo de embalaje, para elaborar cajas y otros envases y, desde luego, como biomasa que es, para servir de combustible que nutra plantas de generación eléctrica.

Casi todo acabó fallando por lo mismo: por el coste insostenible de recoger y llevar la paja hasta el lugar donde reutilizarla. Agotadas las ayudas que apoyaron cada proyecto, las ideas quedaron en barbecho. Ya no era viable seguir, no salían las cuentas. Ojalá ahora, entre tantas cosas en marcha, triunfe por fin algo que salga rentable.

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