LA PIPA DE SEMEDO O EL ALMA DE LOS HISPANOS

No encuentro en el fútbol lo que me genera la selección de balonmano o el Valencia Basket

FERNANDO MIÑANA

Si miro a la derecha, la primera persona a la que veo es mi compañero Javier Martínez. Lleva trabajando en Sucesos media vida. Cuando yo llegué al periódico hace un cuarto de siglo él ya estaba pegado al escáner como un obseso. Le apasiona lo suyo y ha enseñado el oficio -yo creo que periodista de Sucesos es una profesión única y diferenciada- a unos cuantos elegidos. A todos les he oído palabras de gratitud por su generosidad y su profesionalidad. Esta semana ha publicado su enésima exclusiva, las aventuras y desventuras de la última lumbrera salida del fútbol: Rubén Semedo.

La fiscalía pide dos años de cárcel para el futbolista del Villarreal por encañonar con una pipa, gallito él, al empleado de una discoteca de Valencia. Llevaba toda la noche de jarana y, al alba, presuntamente, esperó a que saliera el trabajador con el que había tenido un rifirrafe para amenazarle como un vulgar macarra de los bajos fondos. Al parecer no era la primera vez que el defensa portugués se ponía farruco en un tugurio de la ciudad. Muy literario todo. De novela negra.

Cuando leo historias vergonzosas de estos jovenzuelos con los bolsillos llenos pero hueca la quijotera, que dirían los drugos de 'La naranja mecánica', me pregunto si además de pegarle buenas patadas al balón hacen también un concurso de estulticia para dedicarse al fútbol.

La semana anterior Jordi Alba le hizo una peineta al público de Anoeta. Parece ser que tampoco es la primera vez que proyecta su inteligencia en un estadio. Con lo fácil que lo tiene el lateral. Solo tiene que fijarse en Iniesta, Busquets o incluso en Messi para aprender a comportarse. Y otro gran futbolista, Iago Aspas, exquisito delantero del Celta, se fue a por Lerma, un colombiano del Levante de raza negra, y le dijo que era «un muerto de hambre», como recogieron las cámaras de 'El día después', programa mítico que cambió los hábitos de los futbolistas, condenándoles a hablar siempre tapándose la boca.

Lerma también le acusó de haberle llamado «negro de mierda». Un clásico deleznable que me recuerda a mis primeros años en la Fonteta, cuando me las tuve con varios aficionados del Pamesa que gritaban lindezas como «mono» o «gorila» o, ya lo he dicho, el clásico «negro de mierda» a los jugadores negros del equipo rival. Primero les miraba con incredulidad y después, como soy un bocazas, no podía evitar preguntarles si no se habían dado cuenta de que el Pamesa también tenía algún jugador oscurito... Aunque, en realidad, la pregunta pertinente era si no se daban cuenta de lo estúpido que es insultar a un jugador por tener un color de piel diferente al suyo. Pero, ya lo digo muy a menudo, España es un país racista y machista.

Encima todos estos fenómenos roban espacio en los periódicos, en las radios y en las teles a quienes realmente lo merecen. Gente como Joan Cañellas o Julen Aguinagalde debería recibir una marea de elogios por haber encumbrado una vez más a la selección española a la crema del balonmano. Ayer se cumplieron cinco años del día que vi con mi amigo Pedro a España ganar el Mundial en el Palau Sant Jordi. Un recuerdo imborrable.

O los cabezotas del Valencia Basket. El equipo llegó un día en que entendió que no conducía a nada estar lloriqueando por las ausencias, que era mejor bajar el culo y ponerse a defender. Al final recuperó el brío y volvió a funcionar como el campeón de Liga que es. Los que estaban sanos se dedicaron a empujar sin mirar atrás. Es admirable ver a Rafa Martínez -contra el Fuenlabrada completó un gran partido con un primer cuarto memorable- o Fernando San Emeterio dejarse el alma por un equipo maltrecho. Tienen la carrera hecha y el orgullo intacto. O, y es mi debilidad, Sam Van Rossom.

El belga, la verdad, se merece un monumento. Ha dado al club valenciano días de gloria con su magistral dirección y una fidelidad incuestionable. A mí me encanta Diot, claro, pero los bases me gustan como Van Rossom porque son aquellos que tienen en la virtud de hacer mejores a los demás su prioridad.

Él, que acabó la temporada lesionado y tuvo que ver a sus compañeros ganar la Liga ACB sentado en el banquillo, no renovó en verano y se marchó a Bélgica. La lesión de Diot le abrió las puertas de nuevo y, baja tras baja, ha acabado pegándose unas palizas descomunales por sustentar a un equipo que llegó a zozobrar. Se merece todo mi respeto. Como los Hispanos. No como otros.

Fotos

Vídeos