PINAZO INTERNACIONAL

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The Wall Street Journal dedica grandes elogios al pintor valenciano y a la muestra que le dedicó el IVAM comisariada por Javier Pérez Rojas

RAFA MARÍ

Cimientos. «El IVAM ha programado una de las exposiciones más especiales para conmemorar la muerte del centenario de Ignacio Pinazo Camarlench (1849-1916), como homenaje a uno de sus artistas más brillantes (...) El trabajo de Pinazo está ampliamente representado en la colección del IVAM desde su creación y es, de hecho, uno de sus cimientos», publicaba The Wall Street Journal recientemente a propósito de la hermosa exposición 'Pinazo y las vanguardias. Afinidades electivas', comisariada por Javier Pérez Rojas y clausurada en la Sala de la Muralla el pasado 3 de septiembre.

Nueva lectura. «A pesar de su significación artística, sus obras y su presencia no siempre han sido comprendidas y compartidas en la colección permanente de un museo de arte contemporáneo (...) Esta exposición rompe radicalmente con esas dudas, planteando una nueva lectura que señala los signos latentes de la modernidad en las pinturas y dibujos de Pinazo, (con) fragmentos y detalles que parecen premoniciones de pintura de acción», concluía el periódico neoyorquino, cuya tirada ronda los 2,4 millones de ejemplares diarios, incluyendo cerca de 900.000 suscripciones digitales.

Investigación. El comentario del muy influyente The Wall Street Journal, significa un alto reconocimiento de la obra de Pinazo y una reivindicación del trabajo de investigación y análisis de Javier Pérez Rojas, uno de nuestros grandes talentos, no siempre justamente valorado. «Pinazo, padre de la modernidad valenciana y un retratista insuperable, fue un inconformista respetuoso con la tradición que pintó el mundo que le rodeaba con curiosidad y pasión», afirma Pérez Rojas.

Grandes maestros. Dentro de unas semanas, Pérez Rojas presentará su último libro, 'Del ocaso de los grandes maestros. Juventud artística valenciana (1912-1927)', patrocinado por el MuVIM. Un libro extraordinario (578 páginas de gran formato) por su documentación, ilustraciones, amenidad y sabiduría crítica.

'La uruguaya'. El doctor Javier Pitarch me deja la novela 'La uruguaya' (Libros del Asteroide), de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970). Un relato malicioso en primera persona con buenos apuntes entre líneas (¡las psicopatías modernas!). Me llaman la atención numerosos vocablos de uso habitual en Sudamérica pero que nosotros, los españoles, no utilizamos. Rescato tres de ellos.

'Telos'. Pido ayuda a Internet. La RAE no da pistas. Busco en un blog argentino: «En algunos telos se permite la entrada a parejas del mismo sexo, o a más de dos personas por habitación. Uno de los telos que incluye esta posibilidad es el hotel Bahía del Sol, que permite tanto parejas del mismo sexo como habitaciones de hasta para cuatro personas». 'Cuchetas'. Esta vez la RAE me atiende: 'cucheta' es una 'litera o cama'.

'Quincho'. 'Cobertizo con techo de paja sostenido solo por columnas, que se usa como resguardo en comidas al aire libre'. Es una palabra de uso común en Argentina, Paraguay y Uruguay.

Mi abuela. Murió en Sueca en 1975, a los 97 años. Si pasaban una película en la tele y en un flash-back reaparecía un personaje que ella había visto morir minutos antes, rematado a tiros o a puñaladas, mi abuela Julia se levantaba indignada y entre exclamaciones de '¡Mentirosos!' se refugiaba en su habitación.

Teruel. Hace poco pasé dos noches en Teruel, ciudad que ha ganado en encanto y vitalidad. Acompañado por una amiga y su hijo de 15 años, fuimos al cine Maravillas a ver 'Valerian y la ciudad de los mil planetas' (Luc Besson, 2017). Fastuoso e incomprensible espectáculo con la estética de un largo videojuego (137 minutos). Efectos digitales asombrosos y agotadores.

Mundo paralelo. No tardé en perder el hilo de la complicadísima fantasía. Confuso, le pregunté al adolescente, visiblemente entusiasmado con la película: «Oye, ¿ese personaje no había muerto ya, devorado por un monstruo?». El chaval me aclaró con aplomo: «No, eso ocurrió en un mundo paralelo». Después de varios desconciertos similares, me levanté irritado diciendo: «¡Cuántas trolas!». Y de pronto caí en la cuenta de que, rebasado por los nuevos lenguajes, se reencarnaba en mí el espíritu de mi abuela Julia.

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