Los pillastres de la terra

Arsénico por diversión

Puigdemont ha gobernado para los independentistas, no para los catalanes, y un presidente debe tener en cuenta a todos

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Hay algo en todo el 'procés' que me ha cautivado desde el principio: la picaresca como forma de hacer política. En España sabemos mucho de ello desde el Siglo de Oro cuya decadencia dio a luz a un tipo capaz de sobrevivir en medio de una crisis descomunal. Era el pícaro, el pillastre habilidoso, especializado en confundir, hacer creer y engañar a todos con tal de obtener su beneficio. Ese personaje tan español renació en Cataluña para enfrentarse a la ley y al Estado cuando intentaba someterlo todo a su dictado. Así, vimos a los pillastres guardando urnas en ascensores y maleteros de coche; recontando votos en medio de una misa ficticia o, ahora, votando en secreto la decisión más importante del independentismo. La cuestión era driblar al poder judicial que le había prohibido celebrar el referéndum o le amenazaba con la cárcel si seguía en su empeño. Para eso, se vota en secreto y se pide a dos que voten lo contrario a lo previsto, y así nadie puede saber quién ha delinquido. Pura pillería. Parecen adolescentes imitando a los mayores para gobernar un país de videojuego utilizando trucos con los que obtener más vidas.

Son 'los pillastres de la terra' que dan por bueno cualquier medio con tal de lograr el fin. No basta solo con la ilegalidad. También recurren a la picaresca. Supongo que se sentirán satisfechos con la trastada hecha sabiendo que nadie les puede regañar. Si tan importante es su objetivo y tan convencidos están de él, deberían actuar abiertamente, como adultos, aceptando las consecuencias derivadas de un acto que consideran tan noble que bien merece el sacrificio. Cualquier otra cosa, como las engañifas de crío, no son propias de gente madura y segura de su meta.

La impostura también quedó en evidencia en el discurso grabado de Puigdemont. En él hubo algo que lo delataba. Dijo el expresident en un texto de lobo con piel de cordero lechal que había que respetar a los catalanes que pensaban de forma diferente. En esa frase se retrató. Un presidente, en ese rol, no se dirige solo a los suyos sino a todos. El ejemplo lo marcó el Rey Juan Carlos en su primer discurso a la nación donde prometió ser Rey de todos los españoles. Y así se lo pidió también el cardenal Tarancón en la misa de la Coronación. Es el cambio inherente al papel de dirigente, no de candidato. Del mismo modo un presidente, una vez investido, debe tener en cuenta a todos, no hablar solo a sus seguidores. Sin embargo, Puigdemont no ha cambiado nunca el chip y así lo demostró el sábado. Ha gobernado para los independentistas, no para los catalanes. Sean muchos o pocos; sean el millón que dijeron ayer los organizadores de la manifestación o los 300.000 que apuntó la Guardia Urbana, lo cierto es que existen y forman parte de la comunidad. Hay que contar con ellos, ganen o no las elecciones del 21-D. No se trata de jugar a arrebatar el poder sino de utilizarlo para el bien de todos.

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