Pícaro o mártir

J. SÁNCHEZ HERRADOR

Los catalanes independentistas son muy parecidos al resto de los españoles. Creíamos que preferirían a un Junqueras encarcelado y víctima de la presunta represión estatal, pero en el fondo han optado por la fascinación del pícaro que resiste contra el poder. Puigdemont es un listillo, un tipo que ha logrado huir, que ha creado un partido a su medida, que vive como un nuevo rico y que desafía a Europa, un pícaro con recursos que ha convencido a una buena parte de los secesionistas de que es mejor la burla a la oración. Por eso a Puigdemont le ha hecho tanto daño la publicación de los mensajes de móvil admitiendo su debilidad, porque su histriónico viaje belga solo se sostiene si persiste en un discurso irreductible que a ojos neutrales parece revestido de cierta locura, porque su estrategia únicamente tiene sentido si se erige en un resistente que es capaz de enfrentarse al Estado utilizando cualquier argucia política o legal.

Los secesionistas catalanes no están aún abandonados a la fabricación de la mitología de su próxima derrota, pues el empate electoral que da argumentos y quita razones a todas las partes alimenta también la esperanza de la lucha interminable, es decir, consigue enquistar el problema a la espera de una ocasión mejor para el siguiente capítulo de la rebelión.

Ahora que se habla tanto de presidente simbólico, muchos independentistas abandonaron al mártir y preso Junqueras que representaba el hundimiento ante la Justicia española y se echaron en brazos del Puigdemont que daba entrevistas a la televisión, iba a la ópera y se libraba incluso de la orden europea de detención. Los independentistas necesitan un pícaro, aunque roce el esperpento, antes que aceptar que el proceso separatista no es posible. Prefieren el espectáculo de un actor teatral a admitir la realidad.

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