DON PÉSIMO EN MESTALLA

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

Don Óptimo y Don Pésimo eran dos personajes de cómic ideados por el gran José Escobar para el Tío Vivo, lectura obligada para los niños de mi generación, al igual que Pulgarcito, así como El Capitán Trueno y Hazañas bélicas, paso previo a las Joyas literarias juveniles, de Bruguera, que a su vez marcaban el tránsito a los libros de aventuras, tanto los de la serie de 'Los cinco' como los de los grandes autores del género, Stevenson, Salgari, Walter Scott... En una de sus viñetas, por poner un ejemplo, y ante la evidencia de un sol radiante, Don Óptimo, que viste con una llamativa americana en tonos rojos, exclama, «¡Estupendo día!, ¿verdad, don Pésimo?», a lo que su compañero -ataviado con un traje de chaqueta negro- se limita a responder con un ilustrativo «Psch» que lo dice todo sin decir nada. En los tebeos es fundamental controlar el uso de la interjección. El dolor ante un disparo se expresa con un «¡arggg!», la bala suena «¡bang!», pero cuando es de metralleta es un «¡ra-ta-ta-ta-ta!», la flecha disparada es un «¡fiuuuu!», el lloriqueo se resuelve con un «snif» y el escepticismo, la duda, adopta la forma citada, ese enigmático «psch». En este momento, si Don Óptimo y Don Pésimo acudieran a un partido de Mestalla, seguro que el primero le diría al segundo, «este Valencia tiene otra cara, ¿eh, don Pésimo?», a lo que el segundo, con su indumentaria clásica, respondería como corresponde: «psch». Don Óptimo y Don Pésimo, el reflejo de la condición humana, la botella media llena o medio vacía, la eterna historia de siempre. Uno de los motivos por lo que dejé de frecuentar Mestalla es el aficionado o lo que sea que se sentaba a mi lado, un hombre corpulento cuya humanidad ocupaba más allá de su asiento, fumador compulsivo, chimenea viviente que hacia el minuto 3 del partido, pasara lo que pasara, comenzaba primero a agitarse, luego a levantarse y posteriormente a descontrolarse mientras gritaba indistintamente al rival, al árbitro, a los jugadores del Valencia, al entrenador, al presidente, al utillero o a los de la Cruz Roja un sonoro «¡fill de putaaaaaaaa!» de forma obsesivo-compulsiva desde ese minuto 3 hasta el 87, aproximadamente, en que estuviera como estuviera el marcador se levantaba apresuradamente y se largaba a sacar su coche cuanto antes. No era larguirucho y encorvado ni vestía de negro como el mítico personaje de Escobar pero era una especie de representación, en versión malasombra, de Don Pésimo. Y digo yo que entre aquellos fanáticos que pasearon en hombros a Sánchez Torres cuando se consumó el descenso del Valencia a segunda división y el pesimismo existencial que parece rodear al club cuando todavía va cuarto en la Liga después de dos temporada al borde del abismo debe de haber un término medio. ¿O no?

Fotos

Vídeos