Personajes

MIQUEL NADAL

Durante la semana, me asalta el recuerdo del momento en que, con diez años, volviendo de Mestalla, me enteré de la muerte de Vicente Peris, cruzando el río para encarar la Avenida Jacinto Benavente. La rugosidad del pretil del Turia. Fue la primera vez que la muerte no se aparecía vinculada a la vejez, y quebraba la sensación infantil que confundía interesadamente la eternidad de la vida con algo que tardaría mucho en pasar. En esta misma semana muere uno de los profesores del Liceo Francés de Valencia que ha dado clase a mis hijos, Jean Mata. Supongo que a ellos también les aportará una sensación de fragilidad, de la existencia de incidentes inesperados que nos vuelven frágiles. La noticia no es un elemento que pueda saldar con cuatro palabras, como volviendo a colocar en orden los libros de una estantería. Me lleva a pensar cómo somos capaces de perder miserablemente el tiempo con declaraciones, réplicas y dúplicas de personajes del mundo del fútbol, de la política local y de la otra no tan próxima, de Corea del Norte y Donald Trump, de políticas retóricas que en nada afectan a nuestras vidas, de lo que pitó o dejó de pitar un árbitro en un partido de fútbol, de lo que hará el Real Madrid contra el Paris Saint Germain, o la compra de los derechos del fútbol, de Wanda y Mediapro, y nunca somos capaces de detenernos en lo que de verdad nos afecta. La excelencia no es haber contado cuentos a los niños de pequeños, ni haber escogido y pagado este o aquel colegio. Lo importante es hablar de la ingrata y costosa tarea de los profesores de nuestros hijos, leer junto con ellos y comentar los libros que están leyendo, escoger una buena película o un documental sin propósito de subir nota, hacerles ver del respeto que merecen todas esas personas que en una tarima transmiten pasión. La inteligencia no consiste en ser cómplices de nuestros hijos, sino aliados de los profesores. Encadenamos polémicas sobre asuntos que no nos afectan. Tomamos partido por personajes irrelevantes, superficiales, sucios y vanidosos, como si el amor nacido en un programa musical o de fogones, fuera superior al que pasa por nuestro lado y no somos capaces de ver. Este mundo nos permite la proximidad y la participación sobre lo ajeno, y nos deja agotados, o pendientes de la pantalla del móvil frente a la sonrisa al portero de la finca, el saludo al conductor del transporte público, la pregunta por la salud a los que nos atienden en donde tomamos café, la conversación agradecida con un profesor, aun en la discrepancia, la mirada a los vecinos del fútbol. Perdemos mil días arbitrando partidos, juzgando lo que sucede en la plaza pública, reclamando crucifixiones, y somos incapaces de respetar un paso de cebra. Ya no miramos a los ojos. Salimos corriendo de las reuniones escolares, cuando allí, hijos y profesores, están los protagonistas. Los auténticos personajes.

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