Permiso para fisgar

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Las nuevas tecnologías nos arrollan y las empresas del ramo nos proponen incansables sus chismes inteligentes de última generación a precio de oro. Han modificado nuestra conducta, pero esto es sólo el envoltorio, la apariencia, la fachada exterior. Por dentro apenas ha evolucionado nuestra condición. Somos monos, sólo que ahora somos monos enganchados a un telefonillo de pirotecnia cibernética y multiusos.

Parece ser que los jefes ya no podrán cotillear así por las bravas las entrañas del ordenador de sus curriquis. Será necesario advertirles primero. Se me antoja una sabia decisión que evitará disgustos, pero constato que la medida fructifica dada la pasión por cotillear los contenidos ajenos. Cotillear es una de las pasiones más arraigadas entre los humanos. Fisgonear la intimidad del otro provoca cosquilleos placenteros a mucha gente. José Mota observó certero este fenómeno creando su vieja del visillo, un personaje fundamental en nuestra sociedad. Mi abuela vivía en un primer piso frente a un instituto. Gastaba cientos de horas controlando el trajín de la mocedad que entraba y salía, con la nariz pegada contra el cristal. Le distraía más ese movimiento que la telenovela vespertina. Solía quejarse de las minifaldas de las chicas y de las greñas de los chicos. «Pues no mire usted tanto», le aconsejaba yo. «¡Calla!», respondía despectiva acompañando el verbo con un manotazo. Otra tarde me comentó: «Fíjate qué curioso, ahora los jóvenes fuman tabaco liado... Como tu difunto abuelo». No le quise explicar que eran porros, ¿para qué? Antaño se cotilleaban las cartas del primer amor, las cuentas del tendero, el cajón de los secretos de ese primo rarito y lo que se pusiese por delante. Hoy nos hurgan los ordenatas y otros cachivaches, pero la pulsión del cotilleo no mengua. Sólo mutan las formas.

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