Periodismo

Ricardo Ros Marín, prototipo de una profesión ejercida con rigor y calidad en tiempos dorados de la entrevista y los deportes

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Debe ser muy hermoso, Ricardo, ir a entrevistar a don José Iturbi, preguntarle de entrada de dónde viene y ver que deja de acariciar el piano, se levanta y dice con toda naturalidad: «¿Que de dónde vengo? Del mundo...».

Si el periodismo es la profesión más bella que se ha inventado, el de los cincuenta se me antoja como el de la creación del mundo: José Iturbi bajaba de su Rolls Royce y Ricardo Ros Marín le entrevistaba para el periódico de papel. Era tan sencillo como el amanecer: preguntas de cinco palabras y respuestas de no más de quince, como el maestro Del Arco enseñaba. La sección se llamaba 'Hablando se entiende la gente' y el joven periodista que la alimentaba era un muchacho de Enguera, con una forma de escribir pulcra y serena, que firmaba Ricardo del Llano cuando trabajaba para las páginas de Deportes.

Periodismo en estado puro. Entrevistas. Puchades y Marcos Redondo, una escritora y un escultor, la Tómbola y el teatro Apolo... Y dos días, o tres, esperando a la puerta del Hotel Royal la salida de aquel gordo con su puro, Orson Wells, que había venido a los toros y no quería entrevistas. «Señor Wells, solo son unos minutos...». Y al final, es lo que hay en las hemerotecas, una joya del periodismo titulada 'Diálogo con un hombre que huye del diálogo'.

Me dicen que Ricardo Ros Marín ha fallecido pero yo le veo con sus lentes ahumados en medio de la algarabía de un premio de la Lotería, en la pescadería del Mercado Central, estrujado por vendedoras que le besan. Eran otros tiempos, Ricardo. Bolígrafo y bloc de notas. Datos y precisión: ¿Pero usted cuánto jugaba, señora? Después fue el redactor-jefe ordenado y sereno; el que dejaba hacer y no perdía la calma, el que tapaba los errores y estimulaba la calidad en el trabajo.

Con todo, el momento perfecto fue el de la Valencia de los sesenta. Los recepcionistas de los hoteles informaban a los reporteros de la llegada de los famosos y tu salías de la redacción de la Alameda, con Pepe Cabrelles y su Leica, y os ibais a buscar, en una Valencia con diez semáforos, a unos personajes que pateaban la calle sin guardaespaldas y se dejaban acompañar por la Catedral y la Basílica de la Virgen. ¿Fue así como ocurrió con Bing Crosby?

Venían a España a jugar al golf, o a hacer promoción de sus películas. Y un día -cuéntamelo otra vez, Ricardo- habías ido al Palace Fesol, en Hernán Cortés, a entrevistar a Gregory Peck pero él tenía mucha prisa. De modo que le propusiste -¿fue así?- llevarlo con tu Lambretta hasta el hotel y el tipo aceptó. Y con tu inglés de Enguera y su español de San Diego, calle de la Paz adelante, a bordo de una moto como la de 'Vacaciones en Roma', reportero y actor compusisteis una de las estampas más hermosas que jamás se hayan dado en el periodismo valenciano.

Discreto, formal, inteligente. Un caballero, Ricardo Ros Marín.

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