Qué pereza

Me pregunto por qué nadie impide que todos los días, en cada acto, gesto o imagen, un político esté en campaña

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

La campaña electoral es como la dieta, aunque unas veces la hagas con más fuerza de voluntad que otras, siempre estás a dieta. Hasta cuando te la saltas. Con la campaña pasa lo mismo, puede que durante quince días la vivamos con más intensidad que en otros, pero siempre estamos en campaña. Como ahora. Ha faltado tiempo para que, abierto el telón al Gürtel, los partidos se hayan lanzado a acuchillarse en el primer acto. Sin duda el tema es jugoso. No se puede negar. Y es normal que los grupos opuestos al PP hayan mordido la presa y se nieguen a dejarla ir.

Sin embargo, escuchar ya al PSPV pidiendo dimisiones o al PP alegando que los ERE de Andalucía son como para que los socialistas se moderen en sus acusaciones da mucha pereza. Dan ganas de decirles que les escuchamos, como Puigdemont, por imperativo legal. Me pregunto por qué impiden la publicación de encuestas de intención de voto unos días antes de las elecciones, y sin embargo, nadie impide que todos los días, en todas las declaraciones y en cada acto, gesto o imagen, un político esté en campaña. Supongo que les resulta rentable pero, por lo que a mí respecta, es suficiente como para dejar de interesarme por quien la hace, por lo que dice y por lo que pueda decir en adelante.

Pedir la dimisión de Camps ya, en la primera semana de juicio Gürtel, o sea en cuanto la soprano canta las primeras notas del aria, es como tomarse un güisqui con el aperitivo. No es que esté mal, es que es muy pronto. Si empiezan así, qué pedirán cuando se dicte sentencia ¿un holocausto de cien bueyes en la plaza de la Virgen? Por otra parte, es lógico que la presidenta del PPCV se apreste a exigir que dejen actuar a la Justicia. Sin duda, es lo que está haciendo y es a ella a quien corresponde señalar culpables y exigir reparaciones pero no basta con que el proceso judicial siga su curso. Ni mucho menos toca ahora sacar los ERE a relucir aun cuando tengan razón y lo conocido de momento aconseje prudencia a los socialistas.

El PP debe ser consciente no sólo de lo que supone, de ser cierto, todo lo que se está sabiendo sino de algo más. Su responsabilidad no queda sólo en la que dictamine el juez sino en haber volado en pedazos la única alternativa sólida a un Botànic que gobierna para las personas. Para las suyas. El peor pecado del PP es ése: dinamitar una alternativa que debiera ser fuerte y honesta; demandada por la sociedad valenciana, dispuesta a votarla incluso por encima de todas sus faltas. Es a los valencianos que quieren votar al centroderecha a quienes más daño han hecho. Eso es lo que resulta difícil de perdonar y en lo que debería empeñarse Bonig mucho más que en señalar la paja en el ojo ajeno. Como si es la Torre Eiffel. Los populares deberían centrarse en ofrecer una buena propuesta, no en conquistar los cielos, la terreta o el Palau de la Generalitat. Ni las disculpas ni la limpieza terminan de ser convincentes.

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