13, RUE DEL PERCEBE

ÁLVARO MOHORTE

Una finca, seis puertas, un moroso en el ático, un tendero en el bajo, una portera y una dirección: 13, Rue del Percebe. Francisco Ibáñez ofreció durante décadas un espejo de España repartido en tres plantas con ascensor y terraza, un caleidoscopio inmobiliario (qué mejor) de una vida ficticia tan disparatada que sólo compite con la real.

Aunque se empezó a publicar de forma regular en 1960 en la revista Tío Vivo y las últimas láminas salieron de imprenta en 1968, la mayor parte de los españoles las conocimos por las múltiples (y exitosas) reimpresiones que han estado haciendo los sucesivos propietarios de los derechos de publicación durante medio siglo.

Como no podía ser de otra manera en este país que le tiene manía a los derechos de autor y a la propiedad intelectual, dicen además que Ibáñez no siempre cobró por este uso de los frutos de su intelecto. Lo dicho, 13, Rue del Percebe, fiel reflejo de las cosas de la piel de toro.

De arriba abajo, en tan popular dirección conocimos a aquel que seguía la máxima de «comprar no es pagar» y al que perseguían los acreedores; el hábil ladrón que robaba las cosas más variadas hasta que culminó su carrera como miembro «del consejo de administración del Banco de Mindanao, Seychelles, Tortugaria» (según la única recuperación del formato que hizo Ibañez en 2002); o pequeños gamberros que desesperaban a una madre de crianza moderna.

El buenismo de la defensora de los animales terminaba siendo un castigo para ella o sus visitas, que podían terminar entre las fauces de un cocodrilo; mientras que el científico loco acabó por dejar el país ante el escaso apoyo a la ciencia y dejó su casa vacante unos años hasta que la ocupó un sastre desastroso.

Conocimos las enfermedades animalarias más extrañas con el veterinario y aprendimos de gestión y logística con el ama de la casa de huéspedes, siempre economizando espacio emparedando inquilinos y haciendo uso de expeditivos métodos de control de sus inquilinos a la hora del pago o por dejar caer la ceniza en la alfombra.

El marketing y las estrategias comerciales más temerarias siempre las ofreció el tendero, aunque su honestidad a la hora de meter piedras en las lentejas o falsear el peso ya fuera otro cantar. La portera ofrecía el estoicismo español de todo un Séneca y el ratón que atacaba de las fórmulas más originales a un gato poco le tenía que envidiar a Rasca y Pica de los Simpson, más reconocidos por aquello de ser americanos.

La nota surrealista la ponía el hombre que vivía en la alcantarilla, pero con lo lenta que va la recuperación salarial y el ritmo al que crecen los arrendamientos todo se andará. Y es que los alquileres de Madrid y Valencia han subido de media en 2017 más de un 20%. Ahí lo dejo.

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