El pequeño héroe de Cataluña

A lo que parece, quien va a acabar con los delirios del nacionalismo no va a ser ni un Presidente ni un general, sino un discreto funcionario de Hacienda

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Todos en mi generación hemos oído contar al menos una docena de veces ese viejo cuento infantil titulado 'El pequeño héroe de Holanda', en el que el papel protagonista corresponde a un muchacho que en un día de lluvia en el que los tradicionales diques que protegen las ciudades holandesas de los embates de la marea se hallaban a punto de desbordarse, se percata de que uno de ellos presenta una diminuta grieta por la que el agua había empezado a gotear. Temiendo lo peor, el pequeño se aplica a colocar su dedo sobre la diminuta fisura para detener la vía de agua y evitar que la grieta se agrande, al tiempo que ordena a su hermano que corra a buscar la ayuda de los mayores. Solo horas más tarde, cuando el frío de la noche comenzaba ya a entumecer sus músculos, los adultos de la localidad llegarían con las herramientas necesarias para reparar el dique, no sin antes agradecer al muchacho su valiente resistencia frente a los elementos, que verdaderamente había salvado la ciudad de la catástrofe.

Por alguna razón que probablemente tenga que mucho que ver con la pereza mental, solemos pensar que las grandes gestas que jalonan la Historia de la Humanidad fueron la obra de hombres asimismo grandes que marcaron con su genio el devenir de los acontecimientos. Pero muy a menudo, el rumbo de la Historia debe tanto a individuos tan corrientes como el muchacho de nuestro cuento y a gestos tan sencillos como tapar con un dedo una vía de agua, como a los grandes estadistas o los atrevidos generales que dan nombre a calles y plazas.

Véase si no lo que esta sucediendo hoy en Cataluña. El nacionalismo catalán lleva años anunciando que el Estado no tendrá más alternativa que recurrir al uso de la fuerza para detener su unánime reivindicación de la independencia, augurando poco menos que una reedición de la gloriosa derrota de 1714, en la que Puigdemont hará las veces de Rafael Casanova, y la División Acorazada Brunete, desfilando por la Diagonal, emulará en brutalidad a las tropas borbónicas de antaño. Un final trágico para una epopeya gloriosa, llamada a quedar grabada en la memoria de muchas generaciones.

Pero a lo que parece, quien va a acabar con los delirios del nacionalismo no va a ser ni un Presidente ni un general, sino un discreto funcionario de Hacienda. El tipo anónimo que mientras se dejaba las pestañas controlando hasta el último céntimo gastado por la Generalitat, detectó una partida de 6.150 euros improcedentemente destinada a la organización de procesos electorales, cuyo descubrimiento empujó al Gobierno de Mariano Rajoy a reforzar el seguimiento de los gastos del Ejecutivo catalán. Un final tan escasamente glorioso como por otra parte cabría prever de una epopeya tan prosaica como la puesta en marcha por esos émulos de Bolívar y Garibaldi que aun no han sido capaces de hallar la manera de pagar con dinero público unas cuantas urnas de cartón.

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