Lo pequeño

CÉSAR GAVELA

Ya son casi cuarenta años de insistir mucho en lo que nos diferencia. Cuatro décadas en las que España vive con gran pasión la defensa de las señas de identidad regionales, provinciales, comarcales, locales y hasta de ámbitos más reducidos. Largo tiempo de devoción por las raíces, por los avatares propios, por las esencias y por los resultantes sentimentalismos.

Sin duda, es un camino respetable. Porque al igual que la arruga es bella (o lo fue), lo pequeño tiene su encanto, incluso su magia. Y porque algunas veces, cuando hay talento, lo local tiene proyección universal. En todo caso, es bueno que conozcamos bien el pasado del terruño. Y a los poetas regionales, y a los artistas plásticos del contorno, y a muchas otras gentes y verdades que están ahí. Obras y personas que no fueron respetadas por las autoridades del ya remoto franquismo, que eran muy dadas a la uniformización y la censura. A un ridículo y retórico nacionalismo cultural.

Ahora bien, esa pasión por lo 'nuestro', por lo de aquí... es un horizonte insuficiente para la formación y el desarrollo intelectual, incluso moral, de una sociedad moderna. Hace dos meses hice un viaje en coche por la mitad occidental de España, de norte a sur, deteniéndome en diversas ciudades y pueblos, y me quedé muy impactado al constatar la pujanza de lo regional en las programaciones culturales públicas. Un planteamiento que me hizo recordar una lejana tarde de mi juventud en San Sebastián, en la primavera de 1976, cuando vivía en aquella ciudad y acudí a una conferencia en un colegio, donde escuché decir a un padre nacionalista que estaba en contra de que el centro programara tanta música clásica a los alumnos, en lugar de dedicar no menos tiempo y recursos a los 'txistularis' vascos. No se trata de una ficción, fue lo que vi y escuché.

La Comunidad Valenciana ha acelerado intensamente en estos años su compromiso con toda expresión cultural de ámbito comarcal, provincial y regional que ha podido. Es una línea rectora que se expresa de infinitas maneras. Lo que está muy bien, por otra parte. Pero que debe ser compatible con la promoción de los bienes culturales que nos acercan al resto de los ciudadanos de de Iberia, de Europa, de Latinoamérica y del mundo. Para ello hay que poner en marcha otras actitudes, otros criterios, otras luces. Que deberían tener más peso en la acción de nuestros dirigentes, muy lastrados por la unción identitaria. No se trata de restar, sino de sumar. Muy en particular, de darle el protagonismo que le corresponde al inmenso legado cultural de España. Y digo España y lo hispánico, porque a veces se olvida deliberadamente ese escalón. Joan Fuster, sí, pero Cervantes y Velázquez también. Y Borges y Manuel de Falla. Y Valle-Inclán y Nicanor Parra. No hay política cultural que merezca ese nombre si no la guía la excelencia, el universalismo y la libertad.

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