Esas pequeñas manías

MIKEL LABASTIDA

Me pasa con los baños públicos que tienen secadores de aire para las manos en lugar de toallas de papel. Y que me obligan a salir con ellas mojadas y sacudiéndolas. O con los paquetes de bolígrafos imposibles de abrir porque es complicadísimo separar el cartón del plástico. Por no hablar de esos paquetes envueltos con cinta adhesiva de una forma que no sabes por dónde empezar. Y al final te entra fatiga y lo dejas de lado. Me pasa cuando en un ascensor alguien vuelve a pulsar el botón de cerrar las puertas después de ti como si él dispusiera de unos poderes táctiles con los que tú no cuentas. Me pasa con la gente que da vueltas con la cuchara un café en el que no ha puesto ni leche ni azúcar. O con la que hace lo mismo con los yogures naturales. ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene? O con aquellos que dejan huesos de aceitunas por la mesa, que acaban deambulando de un lado para otro. Y debes sortear tu plato para que no termine alguno encajado en él. Me pasa, me da rabia no lo puedo evitar. Puede resultar incomprensible, lo reconozco. No sabría explicar el por qué y en ocasiones me avergüenza admitirlo. Pero me pasa, qué le vamos a hacer.

Me ocurre con las etiquetas enormes que ponen a la ropa, esas que a veces son más grandes que la propia prenda. Y me irrita no darme cuenta de su presencia hasta que no la llevo colocada y ya es imposible cortarla sin quitármela de nuevo. Tampoco llevo bien el sonido de las llaves. ¿Saben esas personas que te hablan meneando su llavero, sin ser ellos serenos ni nada de eso, pero que acompañan su conversación con ese sonido molesto? Me generan apatía, me distraen, me impiden concentrarme en la charla. Me molestan los wifis de los hoteles que se desconectan cada dos por tres, que te someten al calvario de rellenar formularios y poner contraseña cada cierto tiempo. En los hoteles, por cierto, también me molestan las camas dobles que en realidad son dos individuales unidas por una misma sábana bajera. Me viene regular que alguien matice palabras mientras habla, simulando comillas con los dedos. O los que guiñan el ojo para hacerte cómplice cuando cuentan algo que no te interesa. O quienes hasta para darte la razón empiezan una frase con un no. Y los que usan el verbo agendar. O restaurant, sin e final.

En inglés lo denominan 'pet peeves' y no sabría buscar un término exacto para traducirlo. Son esas manías personales que tenemos cada uno y que no suelen ser recurrentes ni extendidas, esas que puedes compartir con poca gente sin que piense que estás loco. Y si lo piensan te lo disculpan. Esas que has de ir revelando a cualquier persona con la que vayas a tener una relación, para que no se extrañe, para que no se asuste, para que te quiera igual. Te darás cuenta de que te quiere si soporta esas pequeñas majaderías.

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