La penúltima obscenidad

DIEGO CARCEDO

Ciento sesenta millones de euros 'del ala' ha desembolsado el Barcelona, el club de fútbol que al parecer es más que un club, por un joven brasileño, de nombre Philippe Coutinho, considerado por los expertos como la persona en el mundo que más y mejor pega patadas. Los seguidores del equipo despilfarrante están que se salen de contentos y algunos colegas de ordenador y micrófono en ristre parecen sentirse más felices aún que si hubiesen sido ellos los afortunados contratados.

De un tiempo a esta parte estamos acostumbrados a las obscenidades que se producen en el mercado del fútbol, donde se mezcla la ceguera irresponsable de la pasión más pueril que nos embarga por la chequera de fácil desembolso de unos gestores que con lamentable frecuencia nada arriesgan de su pecunio y más esfuerzo logran por mejorarlo. La realidad es que el fútbol, un excelente deporte prostituido por el dinero en todas sus manifestaciones, es tan penosa como exuberante por estas cantidades de dinero.

Pagar por un joven -contra el que nada tengo en contra, dicho sea por si acaso- una millonada semejante, muy superior a los presupuestos de la mayor parte de los municipios españoles -catalanes incluidos naturalmente-, cuando mal vamos saliendo de una crisis que dejó a medio país todavía sin calefacción ni turrón navideño, es desde mi punto de vista una ofensa a la inteligencia, a la cordura, y a cuantas virtudes se quieran añadir. Ignoro de dónde saldrán esos millones y sinceramente me da igual. Indigna su desperdicio.

Es raro el día en que no asistamos a quejas y protestas sociales por instalaciones escolares que se encuentran en un estado deficiente, donde los niños no sólo no tienen un espacio para jugar sino ni siquiera un techo seguro para estudiar con el mínimo confort; día sí y día también nos enfrentamos a situaciones familiares que, por millones, viven en la pobreza extrema; a la semana son varias veces las que escuchamos o leemos sobre infraestructuras deplorables porque no hay dinero suficiente para repararlas, y más a menudo de lo que nos gustaría oímos hablar del éxodo constante de jóvenes y prometedores valores de la ciencia y la tecnología que tienen que emigrar en busca de trabajo.

Con la cantidad de becas y subvenciones que se podrían crear con los ciento sesenta millones de euros del fichaje de Coutinho son muchas las inversiones positivas que se podrían acometer. Es una vergüenza que en un país cuya economía anda a la cuarta pregunta se derroche el dinero solamente para que un club, sin otro mérito que el de tener dinero y despilfarrarlo, sacie vanidades y estimule fanatismos seglares. Pero es lo que hay y así nos va: el último fichaje del Barça demuestra que somos punteros en fútbol y colistas en lo demás.

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