Peligro mortal

JOSÉ MARÍA ROMERA

La Academia Francesa ha hecho sonar la alarma ante la propagación del lenguaje inclusivo en la enseñanza y en la administración. En una declaración de finales de octubre ha advertido que esta aberración -así la califica- pone a la lengua francesa nada menos que «en peligro mortal». Si ya es difícil adquirir una lengua, argumentan los académicos, mucho más lo será si se la sigue complicado a base de formas alteradas. Se refieren al sinfín de procedimientos ideados para eludir todo aquello que los oídos más sensibles -y muchas veces menos documentados- interpretan como discriminación verbal de la mujer respecto al hombre. Son fórmulas a cuyo asedio también aquí nos hemos acostumbrado, desde el desdoblamiento de géneros hasta los signos neutros como la arroba, el uso de nombres colectivos o el veto de masculinos sospechosos. En francés la cosa se complica todavía más, dadas sus particularidades fonéticas: un sencillo grupo nominal puede convertirse en un galimatías de sufijos y signos duplicadores que hace de la lectura un penoso ejercicio de descifrado jeroglífico. Y todo con el consentimiento cómplice de unas autoridades que parecen más preocupadas de no contrariar a los grupos de presión feministas que de guiarse por el sentido común.

Por alguna misteriosa razón, defender el lenguaje conlleva el riesgo de que a uno lo tachen de retrógrado. Debería ser al contrario, teniendo en cuenta que el lenguaje es el patrimonio más democrático de las comunidades humanas. Comprometerse en su salvaguarda viene a significar algo parecido a proteger la enseñanza y la sanidad públicas: una lucha por la equidad. Si la emprendemos a puntapiés con el diccionario y torturamos la sintaxis de la forma tan concienzuda como venimos haciéndolo, los primeros perjudicados serán los más débiles, que perderán la única herramienta a su alcance para igualarse con los poderosos.

Sin embargo, la amenaza no inquieta a algunos sedicentes progresistas que se muestran más dispuestos al dinamitado de las palabras que a la solución de los problemas reales. Las acometidas del feminismo lingüístico ilustran a la perfección este empeño obsesivo y un tanto supersticioso por cargar sobre el lenguaje la responsabilidad de curar las heridas sociales. A diferencia de otras plagas que violentan los significados o los sonidos, el lenguaje inclusivo la emprende con la gramática. Eso incrementa su potencial dañino: al fin y al cabo las lenguas tienen la fortaleza suficiente para reponerse de un eufemismo o de un calco del inglés, pero no así de los ataques contra la morfosintaxis, es decir, contra las estructuras que la mantienen en pie. Pero estos son opiniones de filólogo, del todo irrelevantes si se las enfrenta a la indiscutible autoridad de los nuevos inspectores del idioma que pululan por gobiernos, ayuntamientos, organismos públicos y centros de formación del profesorado. Suyo es el verbo.

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