PELEAS DE BAR

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Para redondear mi aprendizaje, ese despertar a la vida que nos empapa cuando la atrabiliaria juventud, procuré huir de vez en cuando del plumbeo ambiente académico efectuando jugosas inmersiones en garitos digamos alternativos donde el momento «pelea de bar» estallaba cada noche con puntualidad de rito folclórico, normalmente entre las dos y las tres de la madrugada, justo cuando la gente mantenía el punto perfecto de cocción etílica. Tras esa tarea de campo, conservo en mi memoria varías constantes... Las peleas de bar suelen presentar un equilibrio de fuerzas que iguala la batalla. En general, los golpes se propinaban entre dos tipos por cuestiones banales del estilo «me has mirado mal», «me has pisado mis botas camperas de chúpame-la-punta» o «le has tocado el culo a mi novia y eso no te lo perdono, mamón». Desde luego, como reza el popular dicho, el que pegaba primero pegaba dos veces. Y si el fostio conectado aterrizaba con notable fuerza en la jeta del otro, la gresca finalizaba porque el receptor acababa noqueado. Sin duda la característica universal de esas trifulcas venía con la rapidez. Plim-plam, plim-plam. Oye, era un visto y no visto. Si estabas enfrascado pimplando un trago de tu copa, no te enterabas. Las peleas de bar son un relámpago en la noche, un paréntesis bronco a medio camino entre la realidad y la ficción, y en cuanto pasa la tormenta el personal sigue con su trasiego sin apenas inmutarse. Por eso les aseguro que lo de Alsasua no fue una pelea de bar como pretenden vendernos, sino, presuntamente, una masacre donde un grupo de cobardes, aprovechando su ventaja numérica, arremetieron contra dos tipos acompañados por sus novias. Las peleas de bar, pese a su perfume violento, segregan ciertos códigos tácitos que desprenden gotas limpias. Nunca existió el ensañamiento de Alsasua.

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