El pebetero y la bota de Iniesta

El nombre de España se asociaba a logros y victorias. Y nosotros formábamos parte de su presente y su futuro

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

La inauguración de los Juegos Olímpicos en Barcelona fue, para la Generación X, lo que el Mundial de Sudáfrica para los 'milennials'. Un punto de inflexión. Un acontecimiento histórico vivido colectivamente. Un momento de orgullo patrio que aparcó las dudas existenciales que desde el XIX han atormentado a nuestro país y nos animó a sacar del baúl la bandera nacional, colocarla en coches y balcones, y pintarnos de rojo y gualda la cara. España se paralizó cuando el arquero disparó su flecha sobre el pebetero en el 92 como lo hizo, aguantando la respiración, cuando Iniesta pegó con la bota el balón que nos convirtió en campeones del mundo. Ambos segundos fueron el inicio de una subida de autoestima colectiva con la que sentimos algo inusual para el habitual pesimismo hispano: España era referente para el mundo entero. El nombre de España se asociaba a logros y victorias. Y nosotros formábamos parte de su presente y su futuro.

Aunque en estas últimas horas se haya utilizado la conmemoración de Barcelona 92 para exaltar la unidad en clave contemporánea, lo cierto es que por entonces ni pensábamos en Barcelona como un territorio extraño u hostil a España ni desde allí se miraba con recelo a un país que aún se representaba con orgullo. Simplemente era España. La pregunta necesaria, por tanto, es cómo hemos llegado hasta aquí. Las rupturas y las divisiones emocionales en una comunidad no se consiguen de un día para otro. Quien vive en paz y armonía con los vecinos no piensa en separarse de ellos ni los mira con recelo. Lo hace quien se siente incómodo y ofendido y esa actitud ha de alimentarse y cultivarse durante mucho tiempo para que el buen vecino se transforme en enemigo. Por eso no solo hay que lamentar el cambio vivido en este país sino cómo se ha logrado envenenar tanto la convivencia.

Algún día los historiadores nos aclararán si la caída de Pujol y la estrategia de unos políticos acorralados por la corrupción fue lo que devino en una huida hacia delante para taparla o si la persecución de los corruptos se convirtió en el arma del Estado para frenar un proceso de separación inevitable. O ambos fenómenos se influyeron mutuamente. Lo cierto es que no nos van a salir gratis. Tanto si se produce la secesión como si no, la ruptura ya está consumada y no es fácil cicatrizar una herida como esa.

Lo curioso es que en estos últimos días nadie recuerda que la borrachera del 92 trajo la resaca del 93, es decir, la constatación de que la clase política, en connivencia con la elite económica, había estado robando a manos llenas. Después de las Olimpiadas y de la Expo llegó el disgusto de los Guerra, Roldán o Mario Conde. Nos asombramos de los '100 años de honradez' del PSOE tan pisoteados y nos entregamos en brazos de Aznar con la esperanza de superar el trauma. Ahora estamos en una etapa parecida pero nos queda la duda: ¿a quién entregaremos ahora el alma dolorida?

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