EL PAVO REAL

CARLOS PAJUELO

Hace unos meses saltó la noticia de la preocupación de la concejala, ocupada de los asuntos de medio ambiente, acerca del destino de los pavos reales que habitaban en los entrañables jardines de Viveros de Valencia. Bien.

Lo tenía apuntado en una agenda que tengo sobre asuntos sin terminar, con apuntes sobre promesas a cumplir... Por ejemplo, tengo una de hablar alemán en un mes y me he quedado en un «guten morgen» inicial.

No soy de fiar.

El miércoles pasado vi que el Sol de la primavera próxima brillaba con un esplendor inusitado y en un repente me fui a ver cómo estaban los pavos reales.

Los pavos reales de este jardín público eran unos anarquistas que, a la primera oportunidad, se buscaban la vida saliendo a dar una vuelta y sorprendiendo a propios y extraños con sus exhibiciones de cola majestuosa.

Ataqué la zona por la parte trasera del Museo de Bellas Artes, por la Vuelta al Ruiseñor -de pequeño mi madre me mandaba a por leche de una vaquería que había allí y que, claro, ya no está; como tampoco está el colegio público en el que yo me hice la primera foto con el mapa de España detrás. El mapa ya no es lo que era y yo tampoco.

Ha aparecido una residencia allí y el acceso al jardín se hace por una puerta nueva para mí.

Voy a ver la pajarera. Allí está. Frente a una casona que luce balcones sin ventana, ni hueco alguno, en plan decoración esencial que vuelve a la arquitectura existencialista, si es que esa calificación existiera. Me encanta lo inútil, lo que no sirve para nada y este es un ejemplo.

En la pajarera hay pavos y pavas. Hay igualdad. De vez en cuando un pavo, debe serlo, se exhibe coqueto. Extiende su magnífica cola y gira sobre sí misma 180 grados.

Los pavos están a salvo en una espléndida jaula. Son menos anarquistas, pero están más seguros y más a mano. La concejala lo ha hecho bien. Por fin.

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