PATRONAL DEL DESASOSIEGO

Álvaro Mohorte
ÁLVARO MOHORTEValencia

He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué», firmaba Bernardo Soares en el primer tercio del siglo XX. En el 'Libro del desasosiego' atribuía a esta situación que la mayoría de los jóvenes de su tiempo hubieran elegido «a la Humanidad como sucedáneo de Dios». En pleno pulso entre fascismo y comunismo, Soares optaba por su propio -ismo y aseguraba: «Pertenezco, sin embargo, a esa especie de hombres que están siempre al margen de aquello a lo que pertenecen, no ven sólo la multitud de la que son, sino también los grandes espacios que hay al lado. Por eso no he abandonado a Dios tan ampliamente como ellos ni he aceptado nunca a la Humanidad».

Sus razones eran peculiares, pero no ahorraba detalles e insistía en que «Dios, siendo improbable, podría ser; pudiendo, pues, ser adorado; pero que la Humanidad, siendo una mera idea biológica, y no significando más que la especie animal humana, no era más digna de adoración que cualquier otra especie animal. Este culto de la Humanidad, con sus ritos de Libertad e Igualdad, me ha parecido siempre una resurrección de los cultos antiguos, en que los animales eran como dioses, o los dioses tenían cabezas de animales».

Se aprecie o no la peculiar sensibilidad del portugués no deja de sorprender la falta de relevancia que da al caldo de cultivo en el que se había convertido Europa, con Rusia convertida en la URSS. y Hitler y Mussolini liderando unas potentes máquinas económicas y bélicas como eran Alemania e Italia, salvando las distancias entre ellas. En Portugal, António de Oliveira Salazar acababa de ser nombrado ministro de Finanzas tras un golpe de Estado y pronto llegaría a primer ministro... por 36 años. En España, estaba apunto de estallar la Guerra Civil como ensayo de la Segunda Guerra Mundial y se iba a abrir la puerta a 40 años de dictadura. Así, hablar de dioses con cabeza de animal y de la probabilidad de la existencia de Dios parece un ejemplo de discusión bizantina de campeonato.

Quizás debió pensar lo mismo el poeta Fernando Pessoa, que era quien se escondía tras el nombre del ficticio pensador y que nunca llevó a imprenta estas reflexiones (si es que hubiera encontrado editor). Resulta tentador perder en ejercicios dialécticos y ocultarse en nuevos nombres, pero el presidente de la Confederación Empresarial Valenciana (CEV), Salvador Navarro no debería olvidar que con esto se corre el riesgo de perderse en lo que parece «urgente» frente a lo importante. La nueva patronal ha nombrado tres consejos provinciales y se plantea un cambio de nombre para no herir la sensibilidad de Alicante y Castellón. Frente a las necesidades reales de la economía valenciana, ¿vuelven los fantasmas de la vieja Cierval?

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