Patrimonio de la Humanidad

J. SÁNCHEZ HERRADOR

No voy a hacer muchos amigos con esta columna pero el que escribe lo hace para dar su opinión más allá de las preferencias y gustos de unos y de otros. Me refiero en este caso a la solicitud de la ciudad de Benidorm para ser reconocida como Patrimonio de la Humanidad. Lo mejor que se puede hacer para rebajar la categoría de cualquier mención o premio es disminuir las exigencias para la obtención de los mismos. Ocurre por ejemplo con un título universitario que cuando es conseguido por cualquiera no solo es un engaño para el que lo tiene sino que supone un desprestigio general de esa carrera pues lo que no cuesta o exige unas características especiales acaba por no valer.

Desde pequeño he ido muchas veces a Benidorm y vaya por delante que siempre me pareció un lugar diferente, con aquellos rascacielos no vistos en España, con aquel clima benigno y único, con aquellas aguas cristalinas fruto al parecer de unas corrientes extraordinarias y con ese ambiente constante de alegría y diversión, a veces peculiar, en ocasiones algo cutre, pero siempre distinto. Solo había que cruzar el túnel de Altea y a menudo un día nublado se convertía por arte de magia en una jornada soleada de playa. Benidorm es también el lugar de Terra Mítica y el precursor del turismo masivo que ahora tantos problemas causa en otras partes. Sí, Benidorm, para lo bueno y para lo malo, es diferente y atesora grandes virtudes pero de eso a ser declarado Patrimonio de la Humanidad va un trecho. No digo que no se lo merezca, ya lo dirán los evaluadores, pero la inflación de Reservas Mundiales de la Biosfera, Parques Naturales o Patrimonios de la Humanidad hace que esas distinciones pierdan su importancia por exceso de premiados. Mejor hacer las ciudades más humanas que ser reconocido con un título artificial.

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