Patatas congeladas

La bolsa informa de su origen lejano, mientras la cosecha cercana se estropea sin precio

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

La carne estaba buena, muy buena, y quienes eligieron pescado también le pusieron sobresaliente, pero a Pepe, el cocinero, se le ocurrió de repente que quizá las raciones se hubieran quedado cortas, que no bastarían siquiera las guarniciones de verduras a la plancha, que estaban igualmente deliciosas, y preguntó:

-¿Queréis que os fría unas patatas?

-No, hombre, no hace falta, está bien así- coincidimos todos. Pero a Pepe, esta forma de decir que no le sonó a un sí y concluyó:

-Ahora mismo os frío unas patatas; es un momento.

Lo dijo como pidiendo disculpas, como si intuyera que nos íbamos a quedar con hambre. O al menos eso parecía por el tono con el que anunció su decisión de freír patatas. Dijéramos lo que dijéramos. Y nos resignamos. Nunca sabes del todo qué pensará el otro de lo que dices, qué se acabara entendiendo. Los matices, giros, mezcla de maneras y cortesías. Eso de quedar bien uno con otro y al revés, no vaya a entender que quise decir lo que no.

El caso es que Pepe abrió el congelador y sacó una bolsa de patatas ¡congeladas!

Y la nota aún más llamativa fue que de todos los comensales apenas nos quedamos sorprendidos un par, los demás ni se inmutaron. Lo más natural entre las patatas se ve que es verlas congeladas. Pero después de servirnos tan magnífica carne, tan buen pescado fresco, tan buenas verduras, no dejaba de resultar desconcertante que las patatas de Pepe salieran de una bolsa del congelador. Cuando lo dijo pensamos -el par de sorprendidos- que serían patatas 'gourmet', posiblemente de algún terruño valenciano que diera una calidad especial; de un agricultor, quizá, que tiene una tierra buenísima, una variedad 'cum laude', cultivadas con mimo... En fin, todo eso. Incluso llegamos a pensar, cuando insistía en freírnos patatas, que acabaríamos ayudándole a pelarlas y trocearlas. Pero no, estaban ya peladas, troceadas ¡y congeladas!, listas para freír. De hecho, mientras andábamos con estas disquisiciones, el aceite de la freidora ya borboteaba entre las tiras que se iban dorando, todas cortadas por igual, gemelas, casi clónicas, y al final tan crujientes, apetecibles.

No hacían falta, pero nos las zampamos, tan ricas, mientras le preguntábamos a Pepe:

-¿Cómo es que las compras así, cuando están tan baratas en la huerta valenciana, que hasta se echan a perder?

-Lo más caro es el tiempo -explicó Pepe-, ir a comprarlas, cargarlas, traerlas, pelar, trocear... Vaya engorro, eso es lo caro. No os las hubiera ofrecido, no me habría puesto a pelar a estas horas, pero si ya las tienes preparadas es fácil, en un periquete lo haces.

Miramos la bolsa de plástico. ¡Las patatas peladas y congeladas eran holandesas!

Ahora comprendemos mejor lo que pasa en el campo valenciano, por qué están las patatas tiradas de precio. Prefieren comprarlas peladas y congeladas, aunque no sean de la huerta cercana. ¿Por qué no se aprende la lección?

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