LA PASTILLA TÓTEM

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La generación de nuestros padres abrazó fervorosa una píldora que reparaba su dolor, cualquier tipo de dolor. Se llamaba Optalidón, su diseño ovalado y su color rosáceo, casi fucsia, le otorgaban aire como de cienciaficción retro. Flash Gordon podría haber anunciado Optalidón. Umbral lo citaba mucho en sus artículos (el Optalidón, no al señor Flash). ¿Jaqueca, cansancio, flato, malestar general? Irrumpía el Optalidón y el personal sanaba. La gente se lo comía con notable fe y más de uno se enganchó. Lo retiraron del mercado porque una pastilla que inyectaba tanta marcha se conoce que no cumplía con los preceptos católicos de la medicina.

Nosotros fuimos hijos de la Aspirina, ese milagroso curalotodo que servía tanto para un catarro como para una diarrea. Anda que no hemos zampado aspirinas durante nuestra vida... Sin embargo ahora el trono lo ostenta el Ibuprofeno, denominado «Ibu» entre los asiduos. El Ibu amortigua la resaca así como los dolores menstruales. Otro tótem sagrado de nuestro sagrado botiquín doméstico donde nunca falta una caja de ese producto. No sólo me baso en la mera observación, sino en los datos objetivos que fluyen cuando analizan los contaminantes de nuestros polucionados ríos que languidecen por la sequía. Los análisis revelan fuerte presencia residual, entre otras porquerías, de cocaína y de Ibuprofeno. Cada época, en fin, precisa de ese comprimido mágico al cual nos agarramos para suavizar nuestras teclas y afrontar los problemas diarios. Imagino que, ante los actuales dolores de cabeza fruto de la trepidante y surrealista actualidad, las ventas de Ibu han experimentado un jugoso repunte. De todas formas supongo que, tal y como está el patio, precisaríamos de Optalidón para inmunizarnos ante el desparrame. Lástima que lo prohibiesen. Me lo perdí y ahí me duele.

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