UN PASEO MÁRTIR

F. P. PUCHE

LA VALENCIA QUE YO HE VIVIDO

Aún no había cuajado la primavera valenciana cuando las cuadrillas de fornidos trabajadores se desplegaban por la explanada de la Alameda y empezaban a horadar el pavimento con mazos, martillos neumáticos y piquetas. No había piedad alguna: siguiendo un rito anual, el viejo paseo de las bisabuelas, el amable Plantío que vio el Setentón, se convertía en un colador, claveteado de estacas, bridas, postes y pasadores. Porque la Feria Muestrario, desbordadas sus primitivas instalaciones, reclamaba levantar un enorme pabellón metálico, un hangar digno de un Jumbo donde se albergaba el Salón del Automóvil y la parte de maquinaria agrícola, motores y herramientas pesadas de la exhibición ferial del 1º de mayo.

La Feria no duraba más de veinte días, pero el pabellón trituraba la Alameda durante más de dos meses, entre montaje y desmontaje. Era uno de los momentos que en la redacción de LAS PROVINCIAS aprovechábamos para tomar las fotos más lacerantes, las de un paseo maltratado y perforado sin respeto. Con ellas se componían páginas de denuncia, de textos nostálgicos o arrebatados. El que hoy he usado, «Un paseo mártir», quizá fue el que más se repitió.

Las familias propietarias del periódico, que vivían en la Alameda, en el edificio mismo donde estaba ubicada la redacción, estimulaban a que se escribieran esas endechas. Pero otros compañeros del periódico también vivían en las inmediaciones y sabían lo es aguantar un calendario de celebraciones en el que la Feria Muestrario era el menos ruidoso de los eventos. A los periodistas, la ocupación de la Alameda nos resultaba muy fastidiosa porque nos dejaba sin plazas para estacionar el 600. Pero a los vecinos del que un día fue sereno paseo lo que les fastidiaba, y mucho, era la Feria de Julio, con sus verbenas, concursos y festivales, en pabellones que no cerraban hasta bien entrada la madrugada. Y la Feria de Navidad, que suponía una matraca de al menos doce horas al día de tiovivos, autos de choque, sirenas, altavoces, norias, gritos y balanceos que suponía el muestrario completo de instalaciones feriales. Con la accesoria de los olores de cloaca que salían de los carromatos de los feriantes.

Los vecinos de la Alameda estimulaban que se diera «caña» al Ayuntamiento, y singularmente a la concejalía de Ferias y Fiestas, por el martirio anual que sufría la Alameda. Y es que Valencia, que nunca ha sabido dotarse de un buen Parque de Atracciones fijo, ha pasado todo el siglo XX obligando a los feriantes a ir de aquí para allá --Germanías, Abastos, Avenida de la Plata, el Grao-- hasta que se pudo concretar, en el cauce del Turia, un espacio mártir alternativo que sirve para todo, desde la Feria Andaluza a la del Pulpo Gallego. Mientras tanto, la Feria de Julio se nos ha ido entre las manos hasta quedar reducida a la Batalla de Flores... que sigue teniendo la Alameda como «marco incomparable».

De todos modos, el martirio del viejo paseo valenciano no ha cesado. Maltratada cada día como estacionamiento, y como víctima del fútbol cada dos semanas, la Alameda, ahora, es el escenario predilecto de cuantos organizan --y son muchísimos-- carreras, carreritas y carrerotas de todo estilo y condición. El Día de la Bicicleta y el del Corazón Sano; el día de las Legumbres y la Campaña contra la Caspa Precoz... todo, en este singular siglo XXI, se celebra en Valencia, a pie, en bicicleta o en patinete, machacando una vez al año a la muy resignada Alameda.

Sobre las cuatro de la tarde del 23 de febrero de 1981, todos los que entramos a trabajar en la redacción del periódico pudimos observar que frente a la redacción había estacionada una camioneta militar con una alta antena de comunicaciones...

-Estarán de ejercicios-, dijo alguien.

- Qué raro ¿no?

-Ya llevan ahí más de tres horas-, apuntó el portero.

Sobre las seis de la tarde de aquel 23-F se despejó cualquier clase de duda...

Fotos

Vídeos