PARTIDO A PARTIDO

NACH0 COTINO

Pese a la riqueza de nuestro idioma, se nos empieza a quedar pequeño para describir lo que está haciendo el Valencia de Marcelino o... lo que está haciendo Marcelino con el Valencia. Los adjetivos se quedan cortos por grandilocuentes que parezcan y las estadísticas que arroja el equipo en todas sus facetas son verdaderamente 'epatantes'. Nos encontramos ante una apisonadora que gana jugando regular y atropella al contrario cuando lo hace mejor. Una máquina de fabricar fútbol que se encuentra engrasada y a pleno rendimiento que va a haber que mantener muy ajustada para que siga produciendo fútbol en la cantidad y calidad con la que hoy es capaz de hacerlo porque aquí nadie quiere que se acabe la fiesta. El Valencia es la verdadera revelación de esta Liga porque la gran mayoría del Planeta Fútbol lo había enviado ya al montón de los mediocres y , sin embargo, hoy brilla como el que más para dolor de estómago de algunos y para sorpresa de casi todos. En el valencianismo se ha declarado oficialmente el Estado de Felicidad y hasta rabietas improcedentes como las de Zaza o el absurdo editorial de Anil Murthy, que en otro contexto hubieran supuesto un pavoroso incendio, quedan sofocados por el agua bendita de los resultados que son, como siempre en el fútbol, los que acaban dando y quitando razones. Pero el mensaje que emana del vestuario ni es tan festivo ni debe serlo. De ahí que viva instalado en la cantinela del 'partido a partido' que entiendo lógica y comprensible. Ahora bien, ni Marcelino ni nadie debe pretender sustraer al aficionado la ilusión por alcanzar algo grande aún sabiendo de su dificultad. ¿Qué sería del fútbol sin ese entorno tan ingrato a veces pero tan maravilloso casi siempre? Seguiría siendo un deporte interesante pero perdería la grandeza que su dimensión social le confiere, y esa enormidad social tiene dos polos opuestos más o menos incómodos para quien está en la sala de máquinas pero parte inherente de este invento: ilusión cuando las cosas van bien y decepción cuando van mal. Más lejos todavía: euforia cuando las cosas van extraordinariamente bien o indignación cuando van rematadamente mal. Al entorno valencianista le ha tocado convivir con la segunda en los últimos tiempos y, felizmente, ahora lo hace con la primera. Y esa primera: la de la euforia, puede resultar muy incómoda para quien tiene la obligación de mantener la mente fría dentro del Club pero es un derecho inalienable del aficionado y lo que tienen que intentar desde dentro es dejarse el alma en tratar de satisfacer la ilusión del aficionado y no caer en la tentación, en la que tan a menudo incurren, de impartir lecciones acerca de cómo debe vivir cada cual su amor a los colores y de bautizar a los 'buenos' o a los 'falsos' aficionados.

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