PAREJO Y RODRIGO

KIKE MATEU

Me detengo hoy en los dos nombres propios de la semana. Parejo y Rodrigo representan el cambio en el Valencia. Ambos estaban en el club cuando, entre Nuno, Neville, Pako y Prandelli, empujaron al descenso el cochecito de juguete de Peter Lim que frenó del desastre el eterno bombero Voro. Ambos vivieron, en aquellos tiempos, sus peores momentos como jugadores de fútbol. Rodrigo nunca fue señalado por su trabajo y su esfuerzo, pero si por el gigantesco precio pagado por el Valencia a Lim y su alarmante falta de gol por más oportunidades que tuviera. Que las tuvo. Jugaba siempre y fallaba mucho. La crítica fue dura pero nunca voraz, porque su implicación siempre se valoró desde la grada. Distinto fue el caso de Parejo, atacado con suma dureza por su supuesta falta de compromiso -yo creo que en el campo siempre lo tuvo- su falta de agresividad sobre el césped y fiestas varias fuera de él. Y, por supuesto, el incidente de pretemporada con Ayestarán forzando su salida, asunto que le pasó factura todo el año. Aquel verano se equivocó -o le equivocaron- en la gestión de su realidad y seguro que aprendió de ello. Pero todo ha cambiado. Ambos viven ahora su mejor momento en el mismo lugar de los hechos. Internacionales a una lista del Mundial, ahora Mestalla ovaciona a Parejo como nunca y Rodrigo transforma su trabajo en goles como cuando jugaba en Portugal y en las inferiores con España. Uno probablemente renovará y el otro ya lo ha hecho. Den las gracias por todo a Marcelino, enamorado de ambos desde el primer día. Pero me gustaría contarles que ellos siempre fueron así. Parejo siempre fue un buen chaval que cometió algunos errores y al que no le salían las cosas y Rodrigo siempre ha sido un currante a destajo -y también un buen tipo- que solo quería triunfar en el Valencia por más que no le saliera nada. Sus compañeros, ya en épocas del descenso, reconocían en privado que eran los dos mejores jugadores de la plantilla. Entrenando marcaban la diferencia pero el caos de club en el que vivían les impedía rendir sobre el césped. Ahora son felices y siempre recuerdan que se merecían vivir el Valencia que recordaban desde pequeños; ese club grande que peleaba siempre los títulos y que vivía instalado en la élite europea. Ya lo tienen; arriba en la liga y volviendo a la Champions. Ellos representan al nuevo Valencia; el de jugadores jóvenes, de calidad, buenas personas y con un hambre voraz de comerse el mundo en el Valencia. Ahora miran a su alrededor y ya no ven podredumbre, egoísmo y ausencia de entrenador. Ahora ven a Marcelino dirigiendo mientras comparten vivencias y fútbol con Kondogbia, Murillo, Guedes, Soler, Coquelin... y lo que está por llegar. El nuevo Valencia. El de siempre.

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