Paraísos cercanos

Parece como si una mano misteriosa en un misterioso lugar diera un día el pistoletazo de salida y al momento todos nos pusiéramos en camino cargados de maletas, mochilas, mascotas, personas mayores que apenas pueden arrastrar sus pies y parecen preguntarse «¿por qué a mí?», y de todos aquellos bártulos que creemos necesitar para emprender la búsqueda del paraíso, de un paraíso que nos parece mas paraíso cuanto más lejano esté.

En la primera parada del camino, apenas hemos salido de nuestras casas, nos encontramos con los otros muchos que al igual que nosotros se han puesto en marcha al oír el pistoletazo de salida... y empezamos a sufrir largas colas, tremendas esperas, atascos y empujones, el calor de los cientos de cuerpos que se suma al fuerte calor del verano, cuerpos que desprenden un olor contra el que parece no haber desodorante eficaz. Cuando, después de un pesado y muchas veces largo viaje, llegamos a nuestro destino descubrimos que el paraíso que habíamos imaginado ha desaparecido entre las masas de gentes que han tenido la misma idea que nosotros y ocupan cada palmo de arena y cada rincón del paisaje.

Ya lejano este largo y cálido verano e instalados en el otoño es momento de reflexionar sobre si lo que hemos vivido estas vacaciones era de verdad lo que habíamos deseado durante todo el año, eso que había constituido el motor que nos ayudaba a superar las pesadas horas de trabajo mientras soñábamos con ellas. Si no queremos que el próximo verano nos veamos inmersos en un desagradable y caótico viaje, que más bien parece la pesadilla del «viaje a ninguna parte», hemos de ser capaces de reconocer pequeños paraísos cercanos, asequibles y no masificados, a los que podemos acceder de forma cómoda, sin aglomeraciones, renunciando al menos por una vez a la exótica playa bordeada de cocoteros.

Muy próximo a nuestra Comunitat, tanto que compartimos territorio con el, está el Maestrazgo, a caballo entre Teruel y Castellón, y en él un pueblecito situado en las sierras del Bajo Aragón que durante mucho tiempo vivió aislado por sus montañas, sólo comunicado por estrechos y pedregosos senderos por los que apenas podía transitar un burro. Hasta que un día, hartos de su aislamiento, sus hombres decidieron horadar un túnel sólo con sus manos y la ayuda de unos simples martillos. Un largo y estrecho túnel de paredes rocosas que comunicó Castellote con el resto del mundo.

Castellote fue obra de los Caballeros Templarios. Ellos erigieron en la cima del pequeño montículo un castillo y dieron vida al pequeño pueblecito que se extiende a sus pies, sobre la ladera. Las ruinas del castillo, que han sobrevivido después de cien batallas, siguen recortándose sobre un cielo azul equilibradas sobre las rocas, protegiendo con los restos de sus apenas apuntadas torres, a las gentes sencillas que lo habitan. El nombre de la comarca, Maestrazgo, se debe a los Maestres de la Orden Templaria que durante siglos dieron a toda la zona una vida próspera.

Si visitamos el pueblo, recorriendo empedradas y empinadas cuestas que dibujan el perfil de la montaña en la que se asienta, disfrutaremos de lo que queda de su Torreón Templario, del saludo siempre amable de sus gentes y de un lavadero medieval en el que lavaban las mujeres, cuando no había agua corriente en las casas, testigo mudo de las epidemias de tifus que en el pasado diezmaron a su población.

Saliendo del túnel y a la izquierda nos encontramos con un estrecho camino que desciende en abrupta pendiente hasta un pequeño valle circundado de altas paredes rocosas. En el valle se respira un silencio sonoro sólo alterado por el graznido de las aves que en grandes círculos vuelan sobre él. Sobre los peñascos, en difíciles equilibrios, pueden verse cabras hispánicas. Huele a jara, romero y tomillo. En primavera las violetas perfuman el entorno y, junto a blancas margaritas y moradas lavandas, constituyen un cuadro digno de ser pintado por el mejor pintor impresionista. Cuando comienza el otoño, de sus abundantes zarzas brotan riquísimas moras silvestres con las que la mujeres de Castellote elaboran deliciosas mermeladas.

Pero si algo hace verdaderamente excepcional y mágico a este valle es ver cómo sobre la estéril pared rocosa que lo circunda, en un punto localizado de ella, brotan unas plantas de un verde intenso, como un milagro; plantas de las que, aun en época de pertinaz sequía, caen siempre armoniosamente abundantes y transparentes gotas de agua que se van remansando a sus pies en una pequeña balsa que con ese objetivo han construido los hombres del pueblo. Ellos han realizado también un pequeño artilugio similar a un grifo para que la deliciosa agua pueda ser bebida con cierta facilidad por todo el que sienta la necesidad de hacerlo. Esa lluvia continua, perenne, ha dado nombre al lugar, el 'llovedor'. A su lado se erige una pequeña ermita blanca dedicada a la Virgen del Agua y hasta la ermita y el 'llovedor' se llega ascendiendo un empinado camino que comienza en el fondo del valle y sube serpenteando sobre la ladera en un intento, al menos así parece, de conducirnos hacia el cielo limpio de Aragón.

Sí, por fortuna tenemos paraísos cercanos y el 'llovedor' de Castellote es uno de ellos. No es el lugar para unas vacaciones largas pero sí para la serenidad y el equilibrio y para llenar los sentidos con sonidos, colores y aromas de una naturaleza virgen y reponernos de los vacíos que a menudo nos deja la rutina diaria.

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