Paraíso político

JUAN FRANCISCO FERRÉ

España es un paraíso político. No un paraíso fiscal, etílico o sexual, como creen algunos turistas ingenuos. Un parque temático para politólogos. Un vivero ideológico inagotable. Un espacio polémico donde todas las ilusiones políticas que un ser humano es capaz de suscribir, desde la edad de razón hasta la sinrazón del Alzhéimer, se le ofrecen a bajo precio en el mercadillo mediático. Así contamos, entre las fuerzas censadas, con la derecha neoliberal más trasnochada del entorno, pero sin los extremismos de antaño, el centro más descentrado del espectro y el arcoíris de la izquierda más diversa y sentimental, con la socialdemocracia fracasando en todos los frentes, los libertarios sexagenarios en retirada y los activistas antisistema ocultos en la multitud. Y, por si fuera poco ruido, el separatismo transversal que aglutina izquierdas y derechas de variopinto pelaje. Nuestra democracia es mucho más generosa que sus homólogas europeas, como demuestran los bucles y espirales de la farsa catalana.

El mayor problema español, sin embargo, son los 'agujeros negros'. Esas madrigueras del subsuelo donde se gestan negocios mafiosos y fraudes institucionales. Por cada aparición televisiva en que un político proclama su inocencia o su ignorancia, surge un nuevo 'agujero negro' en la gestión pública del que no escapa la luz de la información. En pantalla unos fingen cara de ángel y entonan palabras de exculpación mientras en las catacumbas los secuaces realizan el trabajo sucio. Como homenaje a Stephen Hawking, podemos aplicar sus teorías a la realidad picaresca de la política española, carcomida de 'agujeros negros'. Su presencia nociva ha sido detectada en Madrid, Barcelona, Valencia y, cómo no, en la Sevilla de la quincallería sociata de toda la vida, como diría el gran poeta catalán. Sin olvidar la existencia paralela de los 'agujeros de gusano'. Túneles por donde fluye el dinero líquido en cantidades astronómicas de un punto al otro de la galaxia, burlando leyes y controles estatales. Atajos financieros excavados desde la institución de turno al bolsillo de su destinatario electo. Un socio empresario, un banco suizo, un suegro despistado, un paraíso fiscal de alta gama, un hijo inútil, un fondo de inversiones, una cuadrilla de amiguetes o una cuenta corriente de dudosa titularidad.

España es un paraíso para la clase política. Aquí todo está politizado, desde la cultura y los festejos populares al deporte y la religión. Ser político se cotiza mucho y sale muy barato, no hace falta ni cursar un máster para ocupar un alto cargo. Y cuando llega la hora de pagar errores e ir al trullo, te puedes quedar en casa tranquilo, como Pujol, fugarte del país, como el cautivo Puigdemont, o esconderte tras un pantallazo de mentiras podridas, como Granados, Chaves, Griñán y González. Menos paraíso y más política, reclaman los ciudadanos antes de que sea demasiado tarde.

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