Pancartas que unen, pancartas que dividen

Los espacios de todos deberían ser empleados para algo que a todos nos vaya a reconfortar

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Si alguien me preguntara mi opinión sobre Miguel Ángel Blanco respondería sin pestañear que fue un hombre valiente que pagó el más alto precio imaginable por ser fiel a sus convicciones. Si alguien me preguntara qué significó su asesinato contestaría con la misma rapidez que una descomunal sacudida en las conciencias de muchos españoles y no pocos vascos que hasta entonces habían contemplado anestesiados la barbarie del terrorismo. Pero si alguien me preguntara si la mejor manera de conmemorar su muerte, hace ahora veinte años, es la de colocar una pancarta en el balcón del ayuntamiento, mucho me temo que titubearía. En pleno siglo XXI se me ocurren formas de brindar a Miguel Ángel Blanco el homenaje que se merece susceptibles de generar mucho más impacto que la exhibición de un simple pedazo de tela en una plaza pública, amén de maneras mucho más solemnes y duraderas -una declaración institucional, un minuto de silencio, una calle...- para perpetuar su memoria en las generaciones futuras.

Pero vale: alguien en algún momento debió pensar que colgar pancartas -y, sobre todo, elegir cuáles y cuándo-, constituía una parte irrenunciable de la tarea de gobernar, y aquí estamos: midiéndolo todo en función de los metros, los colores y los rótulos de la pancarta de turno, convertida ahora en la quintaesencia del mensaje de cada político con mando en plaza. Y nunca mejor dicho.

Por fortuna, en este caso el Alcalde Ribó -y con él, también los socialistas valencianos- ha caído en la cuenta de algo que otros muchos colegas suyos -y otros muchos socialistas en el resto de España- no parecen haber entendido del todo: y es que Miguel Ángel Blanco más que una víctima del terrorismo, fue la encarnación de su sinsentido y de su infinita crueldad y, en consecuencia, constituye un símbolo cuyo homenaje consuela a todas las víctimas sin marginar a ninguna. De ahí que el consenso alcanzado en su homenaje resulte una excelente noticia.

Pero por desgracia, dudo mucho que este ejemplo de consenso se repita muchas más veces en el futuro. Al contrario, me apostaría algo a que a estas alturas el Alcalde Ribó, cuya afición a usar el balcón del ayuntamiento para polemizar y dividir a los valencianos está ya más que acreditada, debe tener ya pensado cómo cobrarse el gesto de haber aceptado la propuesta de populares y Ciudadanos de homenajear a Miguel Ángel Blanco. De manera que a no mucho esperar el balcón del ayuntamiento, con toda la carga simbólica que conlleva, volverá a consagrarse a la memoria de Dios sabe qué ignota víctima del fascismo, qué desconocido profeta del ecologismo, o qué intrascendente efeméride republicana. Y entonces volveremos a pensar que gobernar debería ser algo más serio que elegir qué pancarta toca exhibir esta semana. Y que los espacios de todos deberían ser empleados para algo que a todos nos vaya a reconfortar.

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