PALABRAS COMO PIEDRAS

JESÚS TRELIS

Los humanos -o más o menos humanos- nos hicimos con la palabra como herramienta para comunicarnos. O más o menos comunicarnos. Y aunque dicen que procedemos del mono, algo del loro también llevamos dentro. Por eso, cuando uno dijo «tú», el otro lo repitió. Cuando alguien exclamó «yo», el resto insistió. Los posesivos marcaron desde entonces nuestra pauta y pasamos a vivir en un constante: mi, me, conmigo... Y dijimos mi mamá, mi papá, mi casa... Mi vaca, tu hacha, su mortaja.

Nos entendimos marcando cada uno su terreno, para que nadie metiera mano en nuestro corral. Y el lenguaje creció. Y a las flores les llamamos flor y a la muerte, adiós. Girasol, saltamontes, salvavidas. Democracia, justicia, libertador. La civilización se hizo palabra y fuimos domesticando el lenguaje hasta que el lenguaje nos dominó. Y entonces, todo cambió.

El diccionario, en ese momento, se llenó de tirachinas, lanzallamas y quebrantahuesos. Hablamos de tifones, huracanes y glaciaciones. Aparecieron términos impregnados de veneno: talibanes, terroristas, asesinos, dictadores, paredón, ejecución, corrupción. Convertimos la palabra en grito y el grito en navaja. Y la navaja dio paso a la discordia y el diálogo se mutiló. Más que hablar, se atizó; hubo argumentos a garrotazos, y se conjugó la destrucción.

Como hacen el perro meando, el ciervo corneando, el oso frotando su espalda sobre un árbol... remarcamos nuestro territorio para evitar foráneos. Hicimos de nuestro ombligo un mundo y sobre él pusimos una bandera. Y detrás de cada bandera, afloraron barreras. Y el planeta se convirtió en un jardín repleto de fronteras. Y a la libertad, le llamamos patria. Y al grito de independencia, llenamos nuestras casas de alambradas, nuestras ventanas de verjas, nuestras montañas de fortalezas, nuestros lindes de cañones y nuestras razones de sinrazones. Y las palabras se convirtieron en piedras.

Con ellas andamos jugando. Con piedras en las manos. Jugando con fuego y con banderas, con creencias y atentados, con torpedos y palos. Así andamos, preocupados por ensalzar nuestros egos y encerrados en nuestra cápsula del tiempo, a la espera de que alguien desempolve el diálogo perdido y, con él, vuelvan a fluir palabras teñidas de esperanzas. Palabras para tumbar barricadas, para abrir puertas, para que las ventanas se queden sin verjas, para que patria no signifique guerra, para que las banderas sean siempre blancas.

Así andamos, sí. Esperando que alguien nos abra los ojos y descubramos que en verdad lo mío es tuyo y lo nuestro de todos. Y a las flores les llamaremos flor. Y a juntar unos labios, beso.

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